La miniatura es 1/43 producida por Ixo para la colección “80-90 Autos
Inolvidables Argentinos” de editorial Salvat.
sábado, 7 de marzo de 2026
Ford Sierra Ghia Rural (1988)
martes, 28 de marzo de 2023
Fiat Uno EF (1990)
Y aunque no se sepa
nada sobre los sentimientos o la opinión de éste, cuando llega a un sitio
nuevo, las familias del lugar están tan convencidas de esa verdad que
consideran a ese hombre propiedad legítima de alguna de sus hijas.
—Querido señor Bennet
—dijo un día la señora Bennet—, ¿te has enterado de que por fin han alquilado
Netherfield Park?
El señor Bennet
respondió que no.
—Pues sí —contestó su esposa—. La señora Long acaba de estar aquí y me lo ha contado.
El señor Bennet no
contestó.
—¿No quieres saber
quién se ha instalado? —preguntó ella con impaciencia, subiendo el tono.
—Tú quieres
contármelo, y yo no tengo inconveniente en oírlo.
La sugerencia bastó
como invitación.
—Bueno, querido, pues
sí, te lo tengo que contar: la señora Long ha dicho que un joven acaudalado del
norte de Inglaterra ha alquilado Netherfield; que llegó el lunes en carroza de
cuatro caballos para ver la finca, y que le gustó tanto que enseguida se puso
de acuerdo con el señor Morris. Tomará posesión a finales de septiembre, aunque
algunos sirvientes llegarán al final de la semana que viene.
—¿Cómo se llama?
–Bingley.
—¿Está casado o soltero?
—¡Oh! ¡Soltero,
querido, soltero! Un soltero acaudalado: dispone de cuatro o cinco mil libras
al año. ¡Es perfecto para nuestras hijas!
—¿Por qué? ¿Ellas qué
tienen que ver?
—Querido señor Bennet
—respondió su esposa—, ¿por qué eres tan ingenuo? Sabes de sobra que podría
acabar casándose con una de ellas.
—¿Y con ese propósito
se ha establecido aquí?
—¿Con ese propósito?
¡Qué tonterías se te ocurren! Aunque sí que podría enamorarse de una de tus
hijas. Así que tan pronto llegue irás a hacerle una visita.
—Querido, me
halagas... Es verdad que de joven era hermosa, pero ahora no pretendo ser nada
extraordinario. Cuando una mujer tiene cinco hijas crecidas ya no puede estar
pensando en su propia belleza.
—En tales casos,
querida, no suele quedar mucha belleza en la que pensar.
—Sí, bueno, pero
tienes que hacer una visita al señor Bingley sin falta cuando llegue al
vecindario.
—Piensa en tus hijas.
Imagínate el buen partido que supondría para una de ellas. Sir William y lady
Lucas están decididos a pasar a verle sólo por eso; ya sabes que no suelen
visitar a los vecinos nuevos. Tienes que ir, porque nosotras no podemos hacerle
una visita sin que antes la hayas hecho tú.
—La verdad es que eres
demasiado escrupulosa. Estoy seguro de que el señor Bingley estará encantado de
recibiros; le llevarás una nota de mi parte para garantizarle que le doy mi
consentimiento para casarse con la que quiera (aunque tendré que decir alguna
buena palabra para recomendar a mi querida Lizzy).
—Es que ninguna de las
otras es tan digna de recomendación
—replicó el marido—.
Son todas bobas e ignorantes como las demás chicas. En cambio Lizzy tiene una
agudeza que no tienen sus hermanas.
—Señor Bennet, ¿cómo
puedes insultar a tus propias hijas? Disfrutas sacándome de quicio. No tienes
compasión de mis pobres nervios.
—Te equivocas,
querida. Siento un profundo respeto por tus nervios. Me acompañan desde hace mucho
tiempo: veinte años hace por lo menos que te oigo hablar de ellos.
—¡Ay! Tú no sabes lo
que sufro.
—Aun así, espero que
te sobrepongas y vivas lo suficiente para conocer a muchos vecinos nuevos y
jóvenes con fortunas de cuatro mil libras al año.
(Jane Austen: “Orgullo
y prejuicio” 1813)
martes, 19 de julio de 2022
IES Gringo (1989)
Desde mi encuentro con Gandhi, es decir, desde mi lectura del libro que le dedicó Romain Rolland (1924), sentí un inmenso fervor por ese hombre que considero el más grande de nuestro siglo. Había influido en mi vida y gracias a sus enseñanzas pude sobrellevar mejor ciertas pruebas de lo que las hubiera soportado dando rienda suelta a mis impulsos indisciplinados. Sabía pues que lo único que perseguían, que castigaban, que querían destruir en mí era la libertad de pensamiento. Y esta comprobación me parecía tanto más grave para el país. En efecto, durante mi estadía en el Buen Pastor había descubierto, entre otras cosas, que la cárcel material es menos penosa, hasta menos peligrosa moralmente para los inocentes que la otra cárcel: la que había conocido en las casas, en las calles de Buenos Aires, en el aire mismo que respiraba. Esa otra cárcel invisible nace del miedo a la cárcel, y bien lo saben los dictadores.
¿Qué es un preso? Un preso es un hombre que no tiene derecho de vivir sin que cada uno de sus gestos, de sus actos, sea controlado, interpretado. No puede pronunciar una palabra sin exponerse a ser oído por un tercero que hará de esa palabra el uso que le dé la gana. Cada línea que escribe es leída, no sólo por la persona a quien va dirigida, sino por indiferentes, quizá hostiles; de ellos dependerá que esa línea llegue o no a su destinatario. El preso es espiado, aun cuando duerme. Recuerdo una de las interminables noches del Buen Pastor. Estábamos once mujeres en la misma sala. Como no podía dormir —sufría de un insomnio exacerbado por el concierto de ronquidos— me preguntaba qué hora sería (nos habían quitado los relojes al entrar). Una de mis compañeras, al verme sentada en la cama y tapándome los oídos, tuvo la bondad de venir a preguntarme si me sentía mal. ¿Te acuerdas, querida Nélida Pardo? Tu camisón blanco, de tela burda, lencería del Buen Pastor, concentró por un momento los débiles rayos de luz que entraban desde fuera. No bien te aproximaste a mi cama, la cabeza de una celadora que montaba guardia en el patio surgió contra el vidrio de la puerta enrejada. Sólo me quedó tiempo para decirte entre dientes: “No es nada. Son ronquidos. Andate”. Fingiste entonces ir a beber una taza de agua —desde luego, no había vasos— para justificar ese inusitado paseo nocturno. Luego volviste a acostarte como una niña desobediente que se siente culpable. ¡Y qué culpa! Un gesto de humanidad cuya dulzura no olvidaré nunca y que todavía me llena los ojos de lágrimas.
El hecho de
ser un animal enjaulado, casi constantemente mirado por uno o varios pares de
ojos, es por sí solo un suplicio.
Pero durante estos últimos años de dictadura, no era necesario alojarse en el Buen Pastor o en la Penitenciaría para tener esa sensación de vigilancia continua. Se la sentía, lo repito, en las casas de familia, en la calle, en cualquier lugar y con caracteres quizá más siniestros por ser solapados. Desde luego, la celadora no vigilaba nuestro sueño; no estaba allí para impedir que un alma caritativa tuviera, imaginando nuestra congoja, el gesto espontáneo de las madres que se inclinan sobre la cama de un niño; de un niño que no duerme y que en la oscuridad tiene miedo, como decía el poeta, “du vent, des loups, de la tempête”.
En la
cárcel, uno tenía por lo menos la satisfacción de sentir que al fin tocaba
fondo, vivía en la realidad. La cosa se había materializado. Esa
fue mi primera reacción: “Ya estoy fuera de la zona de falsa libertad; ya estoy
al menos en una verdad. Te agradezco, Señor, que me hayas concedido
esta gracia. Estos temidos cerrojos, estas paredes elocuentes, esta vigilancia
desenmascarada, esta privación de todo lo que quiero —y que ya padecía
moralmente cuando aparentaba estar en libertad—, la padezco por fin
materialmente. Te agradezco este poder vivir en la verdad, Dios desconocido, el
único capaz de colmarme concediéndome inexorablemente mis votos más ardientes.
¡Siempre he querido la verdad! por encima de todo, como si ella fuera la forma
palpable de la libertad: pues bien, aquí la toco”
(Victoria Ocampo: “La hora de la verdad” 1955)



















