jueves, 7 de febrero de 2013

Porsche 930 Turbo (1974)


La semana pasada hablábamos de la extraña preferencia por los autos con años de curriculum frente a las actuales máquinas que vemos a diario. Y todos teníamos un argumento tan sólido, como ese ancestro vehículo de nuestros sueños. Ahora bien, muy pocos decíamos que los autos del presente iban a ser añorados solo en el futuro, cuando ya tengan unas décadas de añejamiento, como si fuesen un buen vino. Como muestra, de que el tiempo todo lo cura, les presento el Porsche 930 Turbo de 1974.

Un tema por muchos resistidos en los automóviles es la tecnología. Si es muy moderno, todos tenemos miedo que le sucede algún desperfecto y que solo lo puede solucionar la casa matriz que está en Europa. Recuerden que les escribo desde el hemisferio sur. Cuando aparecieron los autos con inyección de nafta, mi padre decía que si le llegaba a ocurrir algo al auto, lo iba a tener que tirar, porque Don Julio, el carburista de toda la vida, le había dicho que solo lo podía arreglar Dios.

Recuerdo el calco en el parabrisas del Taunus ’79 “Motor de Alta Compresión. Utilice solo Nafta Especial”. Eso era como decir que no había ni que abrir el capot, porque adentro estaba el súper motor que solo se podía arreglar en el concesionario oficial. ¿Y cuando llegó el motor con cuatro válvulas por cilindro? Obvio que era una ventaja en todos los aspectos, pero vaya uno a saber quien era el ingeniero que podía echarle mano al “complicado” funcionamiento, si algo le pasaba a ese moderno motor de última generación.

Antes, los motores eran muy simples, con una llave se podía desarmar medio auto, se cambiaban las piezas defectuosas, se limpiaba el resto, se armaba y listo. Teníamos auto para unos cuantos kilómetros más. La tecnología nos sacó ese entretenimiento de fin de semana. Ahora a lo sumo, a los autos nuevos, se los puede lavar con jabones y ceras especiales y esponjas ecológicas, sin derrochar agua y en horarios que no moleste al vecino. Ahora entiendo porque decimos que antes era mejor…

Imaginen cuando Porsche lanzó su primer turbo. A principios de la década del ’70, la producción se basaba en el Porsche 914 que vimos en el último capítulo y el mítico 911 que era equipado con el motor de 2.7 litros. En busca de mayor potencia, para 1973 se presentan las versiones RS 3.0 y RSR 3.0. Sin embargo, la famosa crisis del petróleo, hacía que los ingenieros piensen en como aumentar la potencia, tratando de mantener el consumo. De ahí surgió la idea de proyectar un motor con turbo.

La experiencia de los motores turbo, estaba dada por las competencias en la serie Can-Am, donde los Porsche había desarrollado potencias cercanas a los mil caballo. El prototipo se presentó en el Salón de Frankfurt de 1973 y la versión definitiva en el Salón de París del año siguiente. Los mayores problemas de fiabilidad y de las altas temperaturas que generan estos motores estaban resueltos en el Turbo KKK. También presentaba inyección electrónica K-Jetronic, y encendido electrónico HKZ. Todo este conjunto tecnológico hacía que la potencia sea de 260 CV. Pero eso sí, olvídense que Don Julio lo ponga a punto….
 
La caja de cambio era de solo cuatro marchas, debido a que los engranajes se debieron reforzar aumentando el tamaño. El resultado dio que no haya lugar para una quinta marcha en la carcaza de la caja de cambios. Como la velocidad final trepó a los 250 km/h, hubo que hacer un trabajo en la aerodinámica, que consistió en el ensanchamiento de los guardabarros para recibir los nuevos Pirelli P7 (bajo pedido), un nuevo spoiler delantero y un alerón trasero, casi unificado con el capot, que permitía la refrigeración del nuevo motor.

En un principio solo se ofrecía en versión coupé, debido a la torsión que presentaba tanta potencia. En 1977 el motor fue llevado a los 3.3 litros y en 1986 se presentaron las versiones Cabrio y Targa que se mantuvieron en producción hasta 1989, año en que cesó el 930. El resultado en todos eso años fue bueno, considerando que en un principio, los clientes veían con recelo a la nueva tecnología. El principal argumento, era la desconfianza de los clientes al Turbo y a la brusquedad del mismo para entregar la potencia. En cuanto estos paradigmas se derrumbaron, todo amante de Porsche quiere un Turbo, como el próximo modelo que va a ser el 924

Las fotos son de la miniatura del fascículo 24 del coleccionable Car Collection, editorial DelPrado. Tiene varios defectos, como el exceso de pintura, la falta de limpiaparabrisas trasero, las luces traseras pintadas, las manijas son una sola pieza con las puertas… Pero la verdad es, que como tienen un par de años, me cae muy bien. Si quieren comparar, vean el video.

Saludos para todos, nos vemos en La Autopista.

viernes, 1 de febrero de 2013

Opel Manta (1986)

Por alguna cuestión intrínseca, la mayoría de los que coleccionamos miniaturas, prefiere los autos viejos a los nuevos. No importa si el modelo real es mejor o peor que sus antecesores, pero los autos modernos nos causan repulsión. Podemos estar ante la mejor miniatura del último auto del múltiple campeón Sebastian Loeb, pero antes de ese modelito, elegimos este Opel Manta de 1986 aunque nunca lo hayamos visto correr. Si será complicado el coleccionista, ¿no?
Podemos hacer como hacen los psicólogos y echarles la culpa a nuestros padres por grabarnos la leyenda “Todo tiempo pasado fue mejor”. Nos jactamos que los autos de nuestra niñez, eran mejores, puesto que la chapa era “así de gruesa” y ahora son de papel. No importa que antes fuéramos en un Falcon y si chocábamos no quedaba nadie vivo en su interior. Lo que nos importa, es que esa sensación de robustez, no la trasmite ningún auto actual, aunque saltemos con ellos desde un décimo piso y no tengamos ni un rasguño. Estoy exagerando, pero el pensamiento es genuino.

Los motores es otro tema. La sensación de potencia que transmitía un 3 litros era inigualable, el motor bramaba, todo el habitáculo vibraba al compás de los pistones, mientras que litros de combustible desaparecían en minutos. Hoy nos subimos a nuestro auto con su motor de modesto litro y medio y tenemos que mirar el tablero para ver si está encendido. Claro, no nos importa que este artefacto tenga mayor velocidad final, mejor aceleración y que consuma menos de la mitad del viejo mastodonte. Lo que nos importa es que las sensaciones de antes nos hacían sentir que estábamos arriba de una máquina, mientras que los actuales automóviles no nos trasmiten esa sensación de energía. Como dice el Gaucho, son electrodomésticos. Aunque tengan más potencia


¿Y los cromados? Hace muchos años, todo accesorio era cromado, como para dejar bien en claro que uno estaba frente a una verdadera máquina. Espejos, llantas, baguetas, insignias, paragolpes, todo era cromado. De golpe, a la sociedad le pareció que era demasiado la violencia en las calles y los autos tuvieron que ser más amigables. El plástico se hizo más económico y los autos empezaron a tener cara de buena persona, gracias a que todo lo que era de color plateado, pasó a ser de color negro, gracias al nuevo material. Y hoy, cuando gracias a las nuevas tecnologías, algunos accesorios de plástico vuelven a tener ese hermoso color cromado, nosotros, los de la vieja escuela no los aceptamos, porque no solo queremos el color, también queremos que sea de metal. Aunque los vehículos actuales pesan la mitad y mejoran el consumo, nosotros nos seguimos aferrando a la idea de que es mejor si es de metal. ¡Y que sea pesado!!!

Cuando voy en la GTX de mi amigo Victor, que la tiene inmaculada, tenemos varios problemas. En verano, podemos llegar a salir con golpes de calor debido a la temperatura del habitáculo y en invierno, llevamos camperas, para usar solamente dentro del auto. Si abrimos los pasos de aire, la tierra que empieza a entrar puede dificultar la respiración, al punto que no permite que suban personas con problemas asmáticos. Y obviamente que si vamos rápidos, nos comunicamos por señas, porque el ruido impide el habla. En cambio, en un auto moderno, nada de eso sucede. Todos tienen un microclima a gusto del pasajero. Pero eso tampoco nos importa, los autos de la infancia eran mejores.

Es decir, que básicamente los autos de antaño son puro defecto. Son gigantes y no entran en ninguna cochera actual. Consumen a un ritmo que de haber seguido con esos motores, ya se hubiese terminado el petróleo. Son pesados y muy inseguros para sus ocupantes. Y para todo aquel que se interponga en su camino. Lentos y pesados, como si fuese un elefante trotando. Hacer un viaje de mil kilómetros, era como correr el Dakar actual. Una verdadera aventura, con final incierto. Sin embargo, nosotros disfrutamos mucho más la miniatura de esa vieja máquina, que de un actual electrodoméstico.  
Tal vez, y si todavía estamos, a los autos actuales los vayamos a querer dentro de 30 años. Debe ser porque el ser humano se niega a los cambios. Todo aquello que amenace su área de confort es su enemigo. Si yo estoy bien con este auto, ¿Por qué lo voy a cambiar? Uno tiene temor a lo desconocido, aunque nos aseguren que es mejor. Por algo también nos grabaron el dicho: “Mejor malo conocido, que bueno por conocer”

Este viejo Opel Manta, disputó la apertura del calendario 1986 en Montecarlo, en manos del alemán Manfred Hero. Obviamente, poco pudo hacer ante las bestias del grupo B y terminó en un honroso puesto once. Tal vez, si esa categoría hubiese seguido varios años, este modelo y sus evoluciones hoy serían una parte importante en la historia del Rally Mundial.

La réplica que ven en las fotos, corresponde al fascículo número 23 de la colección Rally de Montecarlo, editorial Altaya. Por el mismo precio pueden ver el video.

Saludos para todos, y recuerden que este blog es un enlace.

Un clásico devorando litros....

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