La miniatura es 1/43 producida por Ixo para la colección “80-90 Autos
Inolvidables Argentinos” de editorial Salvat.
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sábado, 7 de marzo de 2026
Ford Sierra Ghia Rural (1988)
La historia de las Rurales en la Argentina, está
profundamente ligada al desarrollo del automóvil y a las necesidades de
transporte del país. Desde las primeras décadas del siglo XX comenzaron a verse
vehículos adaptados para transportar más pasajeros y equipaje que un automóvil
convencional. En muchos casos se trataba de chasis importados a los que
carroceros locales agregaban carrocerías más amplias, pensadas para recorrer
largas distancias o transitar caminos rurales. En una época en que el ferrocarril
estructuraba el transporte nacional, estos vehículos cumplían un papel
complementario, conectando estaciones con estancias, hoteles o pueblos
cercanos, y anticipando el concepto de automóvil familiar multipropósito.
Durante las décadas de 1920 y 1930 comenzaron a
llegar al país station wagon
fabricadas en serie por marcas estadounidenses como Ford Motor Company. Muchas de ellas conservaban
el característico diseño con paneles exteriores de madera, conocidos como woodies. En la Argentina eran utilizadas por
hoteles, empresas de transporte o familias numerosas que necesitaban vehículos
espaciosos para viajar. Su capacidad de carga y su robustez resultaban
especialmente útiles en caminos que muchas veces eran de tierra o ripio.
Aquellas primeras rurales, además de su funcionalidad, poseían una estética
particular que hoy las convierte en piezas muy valoradas dentro del patrimonio
histórico del automóvil.
Con el avance de la tecnología automotriz
durante los años cuarenta, las carrocerías metálicas comenzaron a reemplazar
gradualmente a las estructuras de madera. Las rurales se integraron de manera
más natural a las gamas de los fabricantes, apareciendo como variantes
familiares de los sedanes tradicionales. En un país de grandes distancias como
la Argentina, este tipo de carrocería ofrecía ventajas claras: espacio para
varios pasajeros, capacidad para transportar equipaje o herramientas y una
mecánica compartida con modelos ampliamente difundidos. De esta manera, la
rural comenzó a consolidarse como un vehículo versátil, apto tanto para el
trabajo cotidiano como para el uso familiar.
El desarrollo de la industria automotriz
nacional a partir de fines de los años cincuenta abrió una etapa decisiva. Con
la radicación de fábricas y el impulso a la producción local, varias marcas
comenzaron a ofrecer modelos adaptados al mercado argentino. En ese contexto
aparecieron vehículos que quedarían profundamente asociados a la vida rural y a
los caminos del interior. Entre ellos se destacó la Estanciera,
fabricada por Industrias Kaiser Argentina,
un vehículo robusto y espacioso que, aunque cercano al concepto de todoterreno,
cumplía muchas funciones propias de un vehículo Rural.
Durante las décadas de 1960 y 1970 las Rurales
alcanzaron una notable difusión. Varias marcas ofrecían versiones familiares de
sus automóviles más exitosos, combinando la comodidad de un sedán con un amplio
volumen de carga. Entre los modelos más recordados se encuentran las versiones
familiares del Ford Falcon, Peugeot 404 y del
Fiat 1500 o la rareza mundial que era la versión Mercedes Benz 220,
apreciadas por su confiabilidad y por su capacidad para afrontar largos
recorridos. También había un modelo que se Este tipo de vehículos se utilizaba
tanto en el ámbito familiar como en actividades comerciales, desde el
transporte de mercaderías hasta servicios profesionales o viajes al interior.
En los años ochenta las rurales continuaron
formando parte del paisaje automotor argentino. Los modelos derivados de
sedanes como el Renault 18, del Peugeot 505 y el Ford Sierra ofrecían
interiores amplios, portones traseros prácticos y mecánicas conocidas por los
usuarios. La rural representaba para muchas familias una solución ideal:
permitía viajar con comodidad, transportar equipaje y mantener costos de
mantenimiento relativamente accesibles. Las rutas argentinas de aquella época
mostraban con frecuencia estos vehículos cargados rumbo a vacaciones, trabajo o
visitas familiares en el interior del país.
Hacia finales del siglo XX el mercado comenzó
a transformarse. La aparición de camionetas doble cabina y, posteriormente, de
los vehículos utilitarios deportivos modificó las preferencias de los
compradores. Estos nuevos modelos ofrecían mayor altura, una imagen más robusta
y una versatilidad que muchos usuarios consideraban atractiva. Como resultado,
las rurales comenzaron a desaparecer gradualmente de las gamas de producción
local, quedando principalmente como modelos importados o como versiones menos
difundidas dentro del mercado automotor.
A
pesar de su menor presencia actual, las rurales ocupan un lugar especial en la
memoria del argentino. Muchos de los modelos producidos en el
país forman parte hoy de encuentros de autos clásicos y de la historia
cotidiana del transporte nacional. Durante décadas, estos vehículos acompañaron
viajes familiares, actividades rurales y múltiples tareas laborales.
miércoles, 11 de enero de 2023
Panhard PL17 Break (1964)
¿La
mujer? Es muy sencillo, afirman los aficionados a las fórmulas simples: es una
matriz, un ovario; es una hembra: basta esta palabra para definirla. En boca
del hombre, el epíteto de «hembra» suena como un insulto; sin embargo, no se
avergüenza de su animalidad; se enorgullece, por el contrario, si de él se
dice: «¡Es un macho!». El término «hembra» es peyorativo, no porque enraíce a
la mujer en la Naturaleza, sino porque la confina en su sexo; y si este sexo le
parece al hombre despreciable y enemigo hasta en las bestias inocentes, ello se
debe, evidentemente, a la inquieta hostilidad que en él suscita la mujer; sin
embargo, quiere encontrar en la biología una justificación a ese sentimiento.
La palabra hembra conjura en su mente una zarabanda de imágenes: un enorme
óvulo redondo atrapa y castra al ágil espermatozoide; monstruosa y ahíta, la
reina de los termes impera sobre los machos esclavizados; la mantis religiosa y
la araña, hartas de amor, trituran a su compañero y lo devoran; la perra en
celo corretea por las calles, dejando tras de sí una estela de olores
perversos; la mona se exhibe impúdicamente y se hurta con hipócrita coquetería;
y las fieras más soberbias, la leona, la pantera y la tigra, se tienden
servilmente bajo el abrazo imperial del macho.
Inerte, impaciente, ladina, estúpida,
insensible, lúbrica, feroz y humillada, el hombre proyecta en la mujer a todas
las hembras a la vez. Y el hecho es que la mujer es una hembra. Pero, si se
quiere dejar de pensar por lugares comunes, dos cuestiones se plantean
inmediatamente: ¿Qué representa la hembra en el reino animal? ¿Qué singular
especie de hembra se realiza en la mujer?
En
la Naturaleza, nada está nunca completamente claro: los tipos, macho y hembra,
no siempre se distinguen con nitidez; a veces se observa entre ellos un
dimorfismo -color del pelaje, disposición de las manchas y mezclas cromáticas-
que parece absolutamente contingente; sucede, por el contrario, que no sean
discernibles y que sus funciones apenas se diferencien, como se ha visto en los
peces. Sin embargo, en conjunto, y, sobre todo, en el nivel más alto de la
escala animal, los dos sexos representan dos aspectos diversos de la vida de la
especie.
Su oposición no es, como se ha pretendido, la de una actividad y una
pasividad: no solamente el núcleo ovular es activo, sino que el desarrollo del
embrión es un proceso vivo, no un desenvolvimiento mecánico. Sería demasiado simple
definirla como la oposición entre el cambio y la permanencia: el espermatozoide
sólo crea porque su vitalidad se mantiene en el huevo; el óvulo no puede
mantenerse sino superándose; de lo contrario hay regresión y degenera. No
obstante, es verdad que en estas operaciones de mantener y crear, activas
ambas, la síntesis del devenir no se realiza de la misma manera. Mantener es
negar la dispersión de los instantes, es afirmar la continuidad en el curso de
su brote; crear es hacer surgir en el seno de la unidad temporal un presente
irreducible, separado; y también es cierto que en la hembra es la continuidad
de la vida lo que trata de realizarse a despecho de la separación, en tanto que
la separación en fuerzas nuevas e individualizadas es suscitada por iniciativa
del macho; a este le está permitido entonces afirmarse en su autonomía; la
energía específica la integra él en su propia existencia; la individualidad de
la hembra, por el contrario, es combatida por el interés de la especie; aparece
como poseída por potencias extrañas: enajenada.
Por ello, cuando la
individualidad de los organismos se afirma más, la oposición de los sexos no se
atenúa: todo lo contrario. El macho encuentra caminos cada vez más diversos
para utilizar las fuerzas de que se ha adueñado; la hembra siente cada vez más
su esclavización; el conflicto entre sus intereses propios y el de las fuerzas generadoras
que la habitan se exaspera. El parto de las vacas y las yeguas es mucho más
doloroso y peligroso que el de las ratonas y conejas. La mujer, que es la más
individualizada de las hembras, aparece también como la más frágil, la que más dramáticamente
vive su destino y la que más profundamente se distingue de su macho.
(Simone
de Beauvoir: “El segundo sexo” 1949)
viernes, 25 de noviembre de 2011
Ford V8 (1936)
Hay marcas que generalmente se instalan en la mente de la
gente, debido a algún modelo en especial, a los éxitos conseguidos en la competición
o porque pasan a ser parte de la cultura de un pueblo, país o región. Tal vez
suena un poco extraño, pero uno termina fanatizado por una empresa, algo que desde
la lógica parece imposible de hacer. Pero solo basta mirar los domingos, las
carreras de automovilismo, para ver a miles de hinchas vitoreando su marca y
repudiando al rival. Es que uno se olvida que está defendiendo los colores de una
compañía y solo recuerda los gratos momentos vividos gracias a esa máquina.
Entre estos clásicos de todos los tiempos, que despiertan sentimientos, se
encuentra el Ford V8 de 1936. Hay gorro, bandera y vincha!!!!!!
Para Mr. Ford, el modelo A mejorado no era lo que necesitaba
el público. Previsor como pocos, entendió que la gente quería dejar atrás
cuanto antes los efectos de la crisis. Debía darle algo totalmente nuevo e
innovador. Ese día se reúne a solas con su hijo Edsel, y luego de debatir por
espacio de unas horas, se suceden distintos hechos. Los trenes bajan las
últimas materias primas y salen vacíos. Los proveedores deben detener los
pedidos, mientras que por estar detenida la línea de montaje, muchos puestos
quedan vacantes, mientras que los trabajadores quedan a la espera de volver y
reanudar el trabajo. El nuevo motor V8 es llevado desde el laboratorio al
departamento de ingeniería y se decide preparar toda la planta para una
producción en masa.
-¿Y está seguro de que hallará mercado para sus nuevos
vehículos?- le preguntaron
-No estamos seguros – respondió – Pero vamos a arriesgarnos.
Para empezar una cosa siempre hay que arriesgar algo. Y la fe es contagiosa. Si
nosotros tenemos confianza, otros también la tendrán.
En definitiva, el nuevo modelo A mejorado tuvo dos
versiones: la del 4 cilindros que era llamado modelo B y la del 8 cilindros,
que era denominado modelo 18. Aunque todos lo conocemos simplemente por V8. El
modelo B, obviamente se vendió muy poco, ya que al haber una poca oferta del
mismo, los precios no eran mucho más económicos que el V8. Y por otro lado,
todos querían tener un 8 cilindros. Se ofrecían en distintas versiones: coupé,
sedán, pick up y roadster. Pero era tal la combinación que se ofrecía que por
ejemplo, en 1936 había 23 versiones disponibles. Y todos los años se
implementaban pequeños cambios, por lo que el feliz poseedor, identificaba su
auto diciendo: “Tengo un Ford V8 modelo 1933”
Bueno, espero que les haya gustado la historia, el video, la publicidad de la época en la Argentina y
las fotos que pertenecen al fascículo 20 de la colección “Taxis del Mundo”,
editorial Altaya, edición Argentina.
Saludos para todos.
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