¿La
mujer? Es muy sencillo, afirman los aficionados a las fórmulas simples: es una
matriz, un ovario; es una hembra: basta esta palabra para definirla. En boca
del hombre, el epíteto de «hembra» suena como un insulto; sin embargo, no se
avergüenza de su animalidad; se enorgullece, por el contrario, si de él se
dice: «¡Es un macho!». El término «hembra» es peyorativo, no porque enraíce a
la mujer en la Naturaleza, sino porque la confina en su sexo; y si este sexo le
parece al hombre despreciable y enemigo hasta en las bestias inocentes, ello se
debe, evidentemente, a la inquieta hostilidad que en él suscita la mujer; sin
embargo, quiere encontrar en la biología una justificación a ese sentimiento.
La palabra hembra conjura en su mente una zarabanda de imágenes: un enorme
óvulo redondo atrapa y castra al ágil espermatozoide; monstruosa y ahíta, la
reina de los termes impera sobre los machos esclavizados; la mantis religiosa y
la araña, hartas de amor, trituran a su compañero y lo devoran; la perra en
celo corretea por las calles, dejando tras de sí una estela de olores
perversos; la mona se exhibe impúdicamente y se hurta con hipócrita coquetería;
y las fieras más soberbias, la leona, la pantera y la tigra, se tienden
servilmente bajo el abrazo imperial del macho.
Inerte, impaciente, ladina, estúpida,
insensible, lúbrica, feroz y humillada, el hombre proyecta en la mujer a todas
las hembras a la vez. Y el hecho es que la mujer es una hembra. Pero, si se
quiere dejar de pensar por lugares comunes, dos cuestiones se plantean
inmediatamente: ¿Qué representa la hembra en el reino animal? ¿Qué singular
especie de hembra se realiza en la mujer?
En
la Naturaleza, nada está nunca completamente claro: los tipos, macho y hembra,
no siempre se distinguen con nitidez; a veces se observa entre ellos un
dimorfismo -color del pelaje, disposición de las manchas y mezclas cromáticas-
que parece absolutamente contingente; sucede, por el contrario, que no sean
discernibles y que sus funciones apenas se diferencien, como se ha visto en los
peces. Sin embargo, en conjunto, y, sobre todo, en el nivel más alto de la
escala animal, los dos sexos representan dos aspectos diversos de la vida de la
especie.
Su oposición no es, como se ha pretendido, la de una actividad y una
pasividad: no solamente el núcleo ovular es activo, sino que el desarrollo del
embrión es un proceso vivo, no un desenvolvimiento mecánico. Sería demasiado simple
definirla como la oposición entre el cambio y la permanencia: el espermatozoide
sólo crea porque su vitalidad se mantiene en el huevo; el óvulo no puede
mantenerse sino superándose; de lo contrario hay regresión y degenera. No
obstante, es verdad que en estas operaciones de mantener y crear, activas
ambas, la síntesis del devenir no se realiza de la misma manera. Mantener es
negar la dispersión de los instantes, es afirmar la continuidad en el curso de
su brote; crear es hacer surgir en el seno de la unidad temporal un presente
irreducible, separado; y también es cierto que en la hembra es la continuidad
de la vida lo que trata de realizarse a despecho de la separación, en tanto que
la separación en fuerzas nuevas e individualizadas es suscitada por iniciativa
del macho; a este le está permitido entonces afirmarse en su autonomía; la
energía específica la integra él en su propia existencia; la individualidad de
la hembra, por el contrario, es combatida por el interés de la especie; aparece
como poseída por potencias extrañas: enajenada.
Por ello, cuando la
individualidad de los organismos se afirma más, la oposición de los sexos no se
atenúa: todo lo contrario. El macho encuentra caminos cada vez más diversos
para utilizar las fuerzas de que se ha adueñado; la hembra siente cada vez más
su esclavización; el conflicto entre sus intereses propios y el de las fuerzas generadoras
que la habitan se exaspera. El parto de las vacas y las yeguas es mucho más
doloroso y peligroso que el de las ratonas y conejas. La mujer, que es la más
individualizada de las hembras, aparece también como la más frágil, la que más dramáticamente
vive su destino y la que más profundamente se distingue de su macho.
(Simone
de Beauvoir: “El segundo sexo” 1949)