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martes, 27 de septiembre de 2022

Renault RS01 (1977)

Me veo obligado a hablar porque los hombres de ciencia se han negado a seguir mi consejo sin saber por qué. Va completamente en contra de mi voluntad exponer las razones que me llevan a oponerme a la proyectada invasión de la Antártica, con su vasta búsqueda de fósiles y la perforación y fusión de antiquísimas capas glaciales. Y me siento tanto menos inclinado a hacerlo porque puede que mis advertencias sean en vano.

Es inevitable que se dude
de los verdaderos hechos tal como he de revelarlos; no obstante, si suprimiera lo que se tendrá por extravagante e increíble, no quedaría nada. Las fotografías retenidas hasta ahora en mi poder, tanto las normales como las aéreas, contarán en mi favor por ser espantosamente vívidas y gráficas. Pero aun así se dudará de ellas porque la habilidad del falsificador puede conseguir maravillas. Naturalmente, se burlarán de los dibujos a tinta calificándolos de evidentes imposturas, a pesar de que la rareza de su técnica debiera causar a los entendidos sorpresa y perplejidad.

 A fin de cuentas, he de
confiar en el juicio y la autoridad de los escasos científicos destacados que tienen, por una parte, suficiente independencia de criterio como para juzgar mis datos según su propio valor horriblemente convincente o a la luz de ciertos ciclos míticos primordiales en extremo desconcertantes, y, por la otra, la influencia necesaria para disuadir al mundo explorador en general de llevar a cabo cualquier proyecto imprudente y demasiado ambicioso en la región de esas montañas de la locura. Es un triste hecho que hombres relativamente anónimos como yo y mis colegas, relacionados solamente con una pequeña universidad, tenemos escasas probabilidades de influir en cuestiones enormemente extrañas o de naturaleza muy controvertida.

También obra en contra
nuestra el hecho de no ser, en sentido riguroso, especialistas en los campos en cuestión. Como geólogo, mi propósito al encabezar la expedición de la Universidad de Miskatonic era exclusivamente la de conseguir muestras de rocas y tierra de niveles muy profundos y de diversos lugares del continente antártico, con la ayuda de la notable perforadora ideada por el profesor Frank H. Pabodie de nuestra Facultad de Ingeniería. No tenía deseo alguno de ser un precursor en ningún otro campo que no fuera ése, pero sí abrigaba la esperanza de que el empleo de esa nueva máquina en distintos puntos de rutas anteriormente exploradas, sacara a relucir material de una especie no conseguida hasta entonces por los métodos normales de extracción.

La barrena de Pabodie,
como el público sabe ya por nuestros informes, era única y excepcional por su ligereza, su movilidad y sus posibilidades de combinar el principio de la perforadora artesiana con el de la pequeña barrena circular de rocas, de tal forma que permitía taladrar rápidamente estratos de diferente dureza. El cabezal de acero, las barras articuladas, el motor de gasolina, el castillete de perforación desmontable de madera, el equipo para dinamitar, la cordada, la cuchara para extraer la tierra y la tubería desmontable para
efectuar taladros de cinco pulgadas de diámetro hasta una profundidad de cinco mil pies, todo ello, junto con los accesorios necesarios, no representaba una carga superior a la que pudieran transportar tres trineos de siete perros. Esto era posible gracias a la ingeniosa aleación de aluminio de que estaban hechas casi todas las piezas metálicas. Cuatro grandes aeroplanos Dornier, construidos expresamente para las grandes alturas de vuelo necesarias en la meseta antártica y dotados de dispositivos suplementarios, ideados por Pabodie, para el calentamiento del combustible y para la rápida puesta en marcha, podían transportar toda nuestra expedición desde una base situada en el límite de la gran barrera de hielo, hasta diversos puntos de tierra adentro, desde los cuales nos bastaría con un número suficiente de perros.

Proyectábamos explorar
la mayor extensión posible de terreno que nos permitiera la duración de una estación antártica —o más si era absolutamente necesario—, trabajando principalmente en las cordilleras y la meseta situadas al sur del mar de Ross, regiones exploradas en diversa medida por Shackleton, Amundsen, Scott y Byrd. Con frecuentes cambios de campamentos, realizados en aeroplano, y abarcando distancias lo bastante grandes como para ser significativas de de el punto de vista geológico, esperábamos desenterrar una cantidad sin precedentes de material, especialmente de los estratos del período precámbrico, del que tan pocas muestras se habían conseguido en la Antártida.
También queríamos reunir el mayor número posible de muestras de rocas fosilíferas, pues la historia de la vida primigenia en este desnudo reino del hielo y de la muerte es de la máxima importancia para nuestro conocimiento del pasado de la Tierra. Es de todos sabido que el continente antártico fue en otros tiempos templado y hasta tropical, que estuvo cubierto de espesa vegetación y fue rico en vida animal, cuyos únicos supervivientes son los líquenes, la fauna marina, los arácnidos y los pingüinos del borde septentrional. Nuestros deseos eran ampliar esa información en cuanto a variedad, exactitud y detalle. Cuando una perforación revelara indicios fosilíferos, agrandaríamos la abertura con explosivos para conseguir muestras de tamaño conveniente y en buen estado.

 

(H.P.Lovecraft: “En las montañas de la locura” 1936)

martes, 16 de julio de 2013

Ferrari 312 T3 (1978)

1978 era la segunda temporada completa del argentino en la Scuderia Ferrari, y si bien había tenido un comienzo propicio ganando la segunda y cuarta fecha del campeonato mundial, los temibles Lotus negros de Colin Champan, hacían la gran diferencia. Su criticado y a la vez alabado efecto suelo, de la mano de Mario Andretti y del infortunado Ronnie Peterson, marcaban el pulso de la máxima categoría. Reutemann sumaba decepciones y los diarios italianos, empezaban a impacientarse. Pero el 16 de julio, hace exactamente 35 años, el “Lole” se reivindicaba en el Gran Premio de Inglaterra disputado en Brands Hatch y ponía a la Ferrari 312 T3 de 1978 en lo más alto del podio.
 
El chasis diseñado por Mauro Forghieri, era similar a los utilizados durante esos años, pero el secreto era la ubicación Transversal de la caja de cambios, que la situaba por delante del eje trasero. Si bien esto mejoraba la distribución de pesos, los neumáticos mostraban deficiencias en los distintos trazados. Entonces, a pedido de la casa italiana, Michelin trabajó duro para esta competencia, entregando una cubierta más rígida y de unos milímetros de diámetro inferior a las normales, para que el chasis de la 312 T3, pueda absorber mejor los desniveles del circuito inglés.

Las primeras pruebas clasificatorias en el circuito inglés, no mostraban ningún cambio con respecto a lo que había mostrado el año hasta esta fecha. Adelante, separados apenas por centésimas, los Lotus de Peterson y Andretti copaban la primera fila. El campeón Lauda se ubicaba tercero a casi un segundo, mientras que las Ferraris penaban atrás. Villeneuve quedaba séptimo, mientras que el argentino arañaba el décimo puesto a más de dos segundos de la punta. Una enormidad.

La segunda tanda, mostraba la hegemonía de los autos negros que mantenían sus posiciones, mientras que Jody Scheckter desplazaba con su Wolf, a Lauda del tercer lugar. Reutemann subía hasta el octavo, mientras que su compañero caía hasta la posición trece. Parecía ser otro domingo negro para la casa de Maranello.

La carrera se pone en marcha, con el Lotus de Andretti saltando a la punta, seguido por su compañero y por el Wolf de Scheckter manteniendo la tercera posición. Alan Jones con su Williams gana dos posiciones y se ubica cuarto, seguido por el Brabham de Lauda y el Arrows de Patrese. Séptima aparece la Ferrari número 11, ganando una posición. Atrás Depallier, Watson y Hunt completaban los diez primeros puestos.

Los Lotus se mostraban inalcanzables haciendo una diferencia de un segundo por vuelta. Parecía que otra vez la gorra del genio Champan volaría por los aires, pero aún faltaba mucho. En la vuelta seis se produce el primer golpe de escena. El motor Cosworth del poleman se queda sin combustible al fallarle la bomba de nafta y con ello también desaparece la esperanza del sueco, de acercarse a su compañero en el campeonato, que seguía adelante imperturbable agigantando las diferencias con su nuevo escolta Scheckter.


El giro 23 marca el quiebre de la prueba. El puntero debe entrar a boxes en busca de caucho nuevo. El circuito por demás abrasivo con ondulaciones a lo largo de sus más de 4 kilómetros de recorrido, no eran el terreno propicio para el efecto suelo, que pegaba a las máquinas de Champan al circuito por demás. Andretti sale en el puesto once, dispuesto a recuperar terreno. Adelante el Wolf de Scheckter mantenía la punta escoltado por el Williams de Jones que tres vueltas más tardes debe abandonar con la transmisión destrozada. Andretti ya estaba noveno, pero el Cosworth sintió el esfuerzo y deja a pie al Italo Americano.

Adelante Lauda daba cuenta del Wolf, que se retrasaba con problemas en la caja. Patrese heredaba la posición de escolta, que le duraba solo una vuelta, cuando es superado por la Ferrari de Reutemann, que se adueñaba del segundo puesto. Quedaban 35 vueltas y parecía que todo se iba a definir entre los dos ex compañeros. La diferencia a favor del austriaco era de más de 5 segundos, los que se suponían que eran suficientes en manos de un experimentado Campeón. Sin embargo, de a poco la diferencia se iba achicando.

Cuando faltaban 20 vueltas, los relojes marcaban una distancia entre ambas máquinas de apenas un poco más de un segundo. El ritmo del argentino, hacía que Lauda lo vea cada vez más grande por los retrovisores. Y así llegaron al abrir la vuelta 60, alcanzando a Giacomelli para restarle una vuelta, quien manejaba uno de los McLaren más horrible de la historia. La curva era a la derecha, y Lauda decide pasarlo por afuera, pero el italiano desliza apenas el auto y el austriaco se sorprende con la maniobra. Reutemann no duda, y mientras que las banderas azules se agitan, toma la punta, pasando en medio de ambas máquinas. Una exquisitez.
Lauda tarda en reaccionar, como sorprendido por la maniobra y queda a 5 segundos, pero de a poco vuelve a la carga por lo que cree que es suyo. Las diferencias se acortan, pero la Ferrari número 11 se mantiene firme adelante y obtiene una de las más bellas victorias para la 312 T3. El podio muestra a un sonriente Reutemann, y a un Lauda que no se detuvo ni a saludarlo. De fondo suena el himno… italiano. El Lole no se olvida de los suyos y una vez concluido, avisa del error. Esta vez no hay dudas, la canción de los argentinos suena más fuerte que nunca.

Gracias Carlos Alberto “Lole” Reutemann!!!!!

La miniatura es de Quartzo. Les recomiendo que vean el video. Es un resumen de la competencia, y por favor presten atención desde el minuto 6.


Saludos para todos y buena semana, jijiji

Un clásico devorando litros....

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