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viernes, 29 de marzo de 2024

Volkswagen Golf 5 Plus (2005)

El 3 de diciembre, el viento cambió de la noche a la mañana, y llegó el invierno. Hasta entonces, el otoño había sido suave y apacible. Las hojas, de un rojo dorado, se habían mantenido en los árboles y los setos vivos estaban verdes todavía. La tierra era fértil en los lugares donde el arado la había removido.

Nat Hocken, debido a una incapacidad contraída durante la guerra, disfrutaba una pensión y no trabajaba todos los días en la granja. Trabajaba tres días a la semana y le encomendaban las tareas más sencillas: poner vallas, embardar, reparar las edificaciones de la granja…

Aunque casado, y con hijos, tenía tendencia a la soledad; prefería trabajar solo. Le agradaba que le encargasen construir un dique o reparar un portillo en el extremo más lejano de la península, donde el mar rodeaba por ambos lados a la tierra de labranza. Entonces, al mediodía, hacía una pausa para comer el pastel de carne que su mujer había cocido para él, y sentándose en el borde de la escollera, contemplaba a los pájaros. El otoño era época para esto, mejor que la primavera. En primavera, los pájaros volaban tierra adentro resueltos, decididos; sabían cuál era su destino; el ritmo y el ritual de su vida no admitían dilaciones. En otoño, los que no habían emigrado allende el mar, sino que se habían quedado a pasar el invierno, se veían animados por los mismos impulsos, pero, como la emigración les estaba negada, seguían su propia norma de conducta. Llegaban en grandes bandadas a la península, inquietos; ora describiendo círculos en el firmamento, ora posándose, para alimentarse, en la tierra recién removida, pero incluso cuando se alimentaban, era como si lo hiciesen sin hambre, sin deseo. El desasosiego les empujaba de nuevo a los cielos.

Blancos y negros, gaviotas y chovas, mezcladas en extraña camaradería, buscando alguna especie de liberación, nunca satisfechas, nunca inmóviles. Bandadas de estorninos, susurrantes como piezas de seda, volaban hacia los frescos pastos, impulsados por idéntica necesidad de movimiento, y los pájaros más pequeños, los pinzones y las alondras, se dispersaban sobre los árboles y los setos.

Nat los miraba, y observaba también a las aves marinas. Abajo, en la ensenada, esperaban la marea. Tenían más paciencia. Pescadoras de ostras, zancudas y zarapitos aguardaban al borde del agua; cuando el lento mar lamía la orilla y se retiraba luego dejando al descubierto la franja de algas y los guijarros, las aves marinas emprendían veloz carrera y corrían sobre las playas. Entonces, les invadía también a ellas aquel mismo impulso de volar. Chillando, gimiendo, gritando, pasaban rozando el plácido mar y se alejaban de la costa. Se apresuraban, aceleraban, se precipitaban, huían; pero ¿adonde, y con qué finalidad? La inquieta urgencia del melancólico otoño había arrojado un hechizo sobre ellas y debían congregarse, girar y chillar; tenían que saturarse de movimiento antes de que llegase el invierno.

«Quizá —pensaba Nat, masticando su pastel de carne en el borde de la escollera— los pájaros reciben en otoño un mensaje, algo así como un aviso. Va a llegar el invierno. Muchos de ellos perecen. Y los pájaros se comportan de forma semejante a las personas que, temiendo que les llegue la muerte antes de tiempo, se vuelcan en el trabajo, o se entregan a la insensatez.»

Los pájaros habían estado más alborotados que nunca en este declinar del año; su agitación resaltaba más porque los días eran muy tranquilos. Cuando el tractor trazaba su camino sobre las colinas del Oeste, recortada ante el volante la silueta del granjero, hombre y vehículo se perdían momentáneamente en la gran nube de pájaros que giraban y chillaban. Había muchos más que de ordinario. Nat estaba seguro de ello. Siempre seguían al arado en otoño, pero no en bandadas tan grandes como ésas, no con ese clamor.

Nat lo hizo notar cuando hubo terminado el trabajo del día.

— Sí —dijo el granjero —, hay más pájaros que de costumbre; yo también me he dado cuenta. Y muy atrevidos algunos de ellos; no hacían ningún caso del tractor. Esta tarde, una o dos gaviotas han pasado tan cerca de mi cabeza que creía que me habían arrebatado la gorra. Como que apenas podía ver lo que estaba haciendo cuando se hallaban sobre mí y me daba el sol en los ojos. Me da la impresión de que va a cambiar el tiempo. Será un invierno muy duro. Por eso están inquietos los pájaros.

Al cruzar los campos y bajar por el sendero que conducía a su casa, Nat, con el último destello del sol, vio a los pájaros reuniéndose todavía en las colinas del Oeste. No corría ni un soplo de viento, y el grisáceo mar estaba alto y en calma. Destacaba en los setos la coronaria, aún en flor, y el aire se mantenía plácido. El granjero tenía razón, sin embargo, y fue esa noche cuando cambió el tiempo. El dormitorio de Nat estaba orientado al Este. Se despertó poco después de las dos y oyó el ruido del viento en la chimenea. No el furioso bramido del temporal del Sudoeste que traía la lluvia, sino el viento del Este, seco y frío. Resonaba cavernosamente en la chimenea, y una teja suelta batía sobre el tejado. Nat prestó atención y pudo oír el rugido del mar en la ensenada. Incluso el aire del pequeño dormitorio se había vuelto frío: por debajo de la puerta se filtraba una corriente que soplaba directamente sobre la cama. Nat se arrebujó en la manta, se arrimó a la espalda de su mujer, que dormía a su lado, y quedó despierto, vigilante, dándose cuenta de que se hallaba receloso sin motivo.


(Daphne du Maurier: "Los Pájaros" 1952)

martes, 7 de noviembre de 2023

Volkswagen Golf GTI (1990)

En los Conjuros que aquí comienzan, 
se narra la Salida del Alma
hacia la plena Luz del Día,
su Resurrección en el Espíritu,
su entrada y sus viajes en las regiones del Más Allá.

Son éstas las palabras que deben pronunciarse el día de la Sepultura, cuando el Alma, separada del Cuerpo, ingresa en el mundo del Más Allá.
¡Salve, oh Osiris, Toro del Amenti!
¡He aquí que Thoth, Príncipe de la Eternidad, habla por mi boca!
Ciertamente, ¡soy el gran Dios
que acompaña a la Barca celeste en su navegación!
Vengo ahora para luchar junto a ti. ¡Oh Osiris!
Porque soy una de esas antiguas divinidades
que hacen triunfar a Osiris frente a sus enemigos
en la Pesada de las Palabras.

¡Oh Osiris! estoy ahora en lo que te rodea, 
como los otros dioses, nacidos de la diosa Nut; ellos destruyen a tus enemigos y aprisionan a los demonios.
Pues yo integro tu séquito, ¡Oh Horas!
En tu Nombre, yo salgo al combate.

Soy Thoth, que hace triunfar a Osiris frente a sus enemigos, cuando son pesadas las palabras en el gran Santuario de Heliópolis.
Ciertamente, soy Djedi, hijo de Djedi.
Nut, mi madre, me gestó y trajo al Mundo en la ciudad de Djedu.
Yo soy de los que gimen y lloran por Osiris en las tierras de Rekht
y logran que Osiris triunfe sobre sus enemigos.
Ra ha enviado a Thoth para que Osiris triunfe sobre sus enemigos.
He aquí que Thoth me hace triunfar, a mí, sobre sus enemigos.
Yo estoy junto a Horus el día en que la momia real de Osiris es vestida
y hago brotar los manantiales del agua para purificar «El Ser-Divino-del-Corazón-Detenido».
He aquí que deslizo el cerrojo de la Puerta 
que se abre ante los misterios del Mundo Inferior.
¡Abrid la Vía a mi Alma hacia la morada de Osiris!
¡Que pueda acceder a ella con seguridad!
¡Que salga de ella en paz!
¡Que no sea repelida a la entrada e impulsada a retroceder!
¡Que le permitan entrar y salir a su voluntad y que la Palabra de la Potencia sea triunfadora!
¡Que sus mandatos sean cumplidos en la morada de Osiris!
¡Oh, Espíritus divinos, observad!
Mi Alma marcha a vuestro lado.
Ella os habla: está también purificada como vosotros, pues la balanza del Juicio se ha declarado a su favor.

¡Que el veredicto de los Jueces que me concierne 
no circule en boca de multitudes!
¡Que sea reconocida como justa y pura mi forma de obrar en la tierra!
¡Que pueda estar erguido, jubiloso, ante Osiris y que pueda aparecer delante de ti, oh Príncipe de los dioses!
¡He aquí que arribo a la región de la Verdad-Justicia y que soy coronado como divinidad viviente!
Que emane la Luz, oh dioses, como uno de vosotros!
¡Que pueda pisar con mis pies el sol sagrado de Her-Ahau y contemplar en su pareja travesía por el Cielo a la Barca sagrada de Seket!
¡Que no sea rechazado 
ni impedido de contemplar vuestros rostros, oh dioses del Mundo Inferior!
Que colocado al mismo nivel que los otros dioses, pueda respirar el agradable olor de los alimentos, cuando el sacerdote invoque a los dioses ante mi ataúd estoy en la ciudad de Sekhem Junto a Horus, cuando éste arranque a los enemigos el brazo izquierdo de Osiris.
Entro y paso, ileso, entre las divinidades resplandecientes el día en que son aniquilados los demonios de Sekhem.
Acompaño a Horus a las fiestas de Osiris.
En el templo de Heliópolis hago ofrendas el sexto día de la fiesta de Denit.
Ahora, soy sacerdote en Djedu, a cargo de las libaciones.
Y éste es el día en que la Tierra está en culminación.
Y he aquí que en mi presencia se realizan los misterios de Re-stau…
En Djedu, pronuncio las fórmulas consagradas a Osiris.
Pues, sacerdote de difuntos, me ocupo de ellos.
Soy, igualmente, el gran Amo de la sabiduría mágica, cuando se coloca sobre los trineos el barco del dios Sokari.
Cuando en las ceremonias en Herakleópolis, hay que perforar la tierra, recibo una azada.
¡Oh, Espíritus divinos, que hacéis ingresar a las Almas perfectas en la sagrada morada de Osiris,
¡Dejadme marchar a vuestro lado, a mí, alma perfecta!
¡Dejadme penetrar en el santuario de Osiris!
¡Que escuche como vosotros escucháis, que vea como vosotros veis, quede de pie o sentado, como vosotros, a mi voluntad!
¡Oh vosotros que ofrendáis a las Almas perfectas en la mansión sagrada de Osiris, entregad dones consagrados para que mi Alma viva!
¡Oh vosotros Espíritus divinos, que libráis de obstáculos la Vía, 
y delante de las ofrendas que me son destinadas.
¡Que pueda aproximarme al barco Neshem sin que mi alma ni su Amo sean rechazados!
¡Salve, oh Osiris, Señor de Amenti!
¡Déjame penetrar en paz en tu Reino!
¡Que los Señores de la Tierra Santa me reciban con gritos de alegría!
¡Que me otorguen un lugar junto a ellos!
¡Que encuentre a Isis y Neftis en el momento propicio!
¡Que el Ser-Bueno me reciba con favor!
¡Que acompañe a Horus al Mundo del Re-stau y a Osiris a Djedu!
¡Que pueda pasar por todas las Metamorfosis posibles y por todas las Regiones del Más Allá, de acuerdo con los placeres de mi corazón!

RÚBRICA
Si durante su vida en la Tierra el muerto ha aprendido este conjuro y lo ha hecho escribir en las paredes de su sarcófago, podrá salir o entrar en su Mansión a voluntad, sin encontrar a nadie que pueda oponérsele. También estarán a disposición suya pan, cerveza y carne, el altar de Ra; vivirá en los campos Sekht-Iarú y compartirá con él las cosechas de trigo y cebada; y allá lejos será fuerte y venturoso como lo fue en la Tierra…

("Libro de los muertos": texto funerario del Antiguo Egipto 1500 a. C.)

La pieza es 1/43 de Norev

martes, 18 de abril de 2023

Renault Clio II (1998)

Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de‚ rosa está la rosa
y todo el Nilo en la palabra‚ Nilo.
 
Y, hecho de consonantes y vocales,
habrá un terrible Nombre, que la esencia
cifre de Dios y que la Omnipotencia
guarde en letras y sílabas cabales.
 
Adán y las estrellas lo supieron
en el Jardín. La herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo ha borrado
y las generaciones lo perdieron.
 
Los artificios y el candor del hombre
no tienen fin. Sabemos que hubo un día
en que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.
 
No a la manera de otras que una vaga
sombra insinúan en la vaga historia,
aún está verde y viva la memoria
de Judá León, que era rabino en Praga.
 
Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
y al fin pronunció el Nombre que es la Clave,
 
La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
de las Letras, del Tiempo y del Espacio.
 
El simulacro alzó los soñolientos
párpados y vio formas y colores
que no entendió, perdidos en rumores
y ensayó temerosos movimientos.
 
Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.
 
(El cabalista que ofició de numen
a la vasta criatura apodó Golem;
estas verdades las refiere Scholem
en un docto lugar de su volumen.)
 
El rabí le explicaba el universo
“esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga”.
y logró, al cabo de años, que el perverso
barriera bien o mal la sinagoga.
 
Tal vez hubo un error en la grafía
o en la articulación del Sacro Nombre;
a pesar de tan alta hechicería,
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.
 
Sus ojos, menos de hombre que de perro
y harto menos de perro que de cosa,
seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.
 
Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
ya que a su paso el gato del rabino
se escondía. (Ese gato no está en Scholem
pero, a través del tiempo, lo adivino.)
 
levando a su Dios manos filiales,
las devociones de su Dios copiaba
o, estúpido y sonriente, se ahuecaba
en cóncavas zalemas orientales.
 
El rabí lo miraba con ternura
y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)‚
pude engendrar este penoso hijo
y la inacción dejé, que es la cordura?
 
¿Por qué di en agregar a la infinita
serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno se devana,
di otra causa, otro efecto y otra cuita?
 
En la hora de angustia y de luz vaga,
en su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga? 


(Jorge Luis Borges: "El Golem" 1958)

martes, 28 de marzo de 2023

Fiat Uno EF (1990)

Es una verdad universalmente aceptada que un hombre soltero que posee una gran fortuna necesita esposa.

Y aunque no se sepa nada sobre los sentimientos o la opinión de éste, cuando llega a un sitio nuevo, las familias del lugar están tan convencidas de esa verdad que consideran a ese hombre propiedad legítima de alguna de sus hijas.

—Querido señor Bennet —dijo un día la señora Bennet—, ¿te has enterado de que por fin han alquilado Netherfield Park?

El señor Bennet respondió que no.

—Pues sí —contestó su esposa—. La señora Long acaba de estar aquí y me lo ha contado.

El señor Bennet no contestó.

—¿No quieres saber quién se ha instalado? —preguntó ella con impaciencia, subiendo el tono.

—Tú quieres contármelo, y yo no tengo inconveniente en oírlo.

La sugerencia bastó como invitación.

—Bueno, querido, pues sí, te lo tengo que contar: la señora Long ha dicho que un joven acaudalado del norte de Inglaterra ha alquilado Netherfield; que llegó el lunes en carroza de cuatro caballos para ver la finca, y que le gustó tanto que enseguida se puso de acuerdo con el señor Morris. Tomará posesión a finales de septiembre, aunque algunos sirvientes llegarán al final de la semana que viene.

—¿Cómo se llama?

–Bingley.

—¿Está casado o soltero?

—¡Oh! ¡Soltero, querido, soltero! Un soltero acaudalado: dispone de cuatro o cinco mil libras al año. ¡Es perfecto para nuestras hijas!

—¿Por qué? ¿Ellas qué tienen que ver?

—Querido señor Bennet —respondió su esposa—, ¿por qué eres tan ingenuo? Sabes de sobra que podría acabar casándose con una de ellas.

—¿Y con ese propósito se ha establecido aquí?

—¿Con ese propósito? ¡Qué tonterías se te ocurren! Aunque sí que podría enamorarse de una de tus hijas. Así que tan pronto llegue irás a hacerle una visita.

—¿Y por qué tengo que ir yo? Id tú y las niñas. O mejor: mándalas solas, porque siendo tan hermosa como ellas, a lo mejor le gustas tú.

—Querido, me halagas... Es verdad que de joven era hermosa, pero ahora no pretendo ser nada extraordinario. Cuando una mujer tiene cinco hijas crecidas ya no puede estar pensando en su propia belleza.

—En tales casos, querida, no suele quedar mucha belleza en la que pensar.

—Sí, bueno, pero tienes que hacer una visita al señor Bingley sin falta cuando llegue al vecindario.

—No te prometo nada.

—Piensa en tus hijas. Imagínate el buen partido que supondría para una de ellas. Sir William y lady Lucas están decididos a pasar a verle sólo por eso; ya sabes que no suelen visitar a los vecinos nuevos. Tienes que ir, porque nosotras no podemos hacerle una visita sin que antes la hayas hecho tú.

—La verdad es que eres demasiado escrupulosa. Estoy seguro de que el señor Bingley estará encantado de recibiros; le llevarás una nota de mi parte para garantizarle que le doy mi consentimiento para casarse con la que quiera (aunque tendré que decir alguna buena palabra para recomendar a mi querida Lizzy).

—Preferiría que no lo hicieras. Lizzy no es mejor que las demás, y no es ni la mitad de guapa que Jane, ni la mitad de graciosa que Lydia. Y aun así es tu preferida.

—Es que ninguna de las otras es tan digna de recomendación

—replicó el marido—. Son todas bobas e ignorantes como las demás chicas. En cambio Lizzy tiene una agudeza que no tienen sus hermanas.

—Señor Bennet, ¿cómo puedes insultar a tus propias hijas? Disfrutas sacándome de quicio. No tienes compasión de mis pobres nervios.

—Te equivocas, querida. Siento un profundo respeto por tus nervios. Me acompañan desde hace mucho tiempo: veinte años hace por lo menos que te oigo hablar de ellos.

—¡Ay! Tú no sabes lo que sufro.

—Aun así, espero que te sobrepongas y vivas lo suficiente para conocer a muchos vecinos nuevos y jóvenes con fortunas de cuatro mil libras al año.

 

(Jane Austen: “Orgullo y prejuicio” 1813)

martes, 14 de febrero de 2023

Fiat Uno Attractive (2010)

El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena provisión de él, que aun los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es verosímil que todos se engañen, sino que más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres: y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas.
No basta, en efecto, tener el ingenio bueno: lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios, como de las mayores virtudes; y los que andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos, si van siempre por el camino recto, que los que corren, pero se apartan de él.

Por mi parte, nunca he creído que mi ingenio fuese más perfecto que los ingenios comunes; hasta he deseado muchas veces tener el pensamiento tan rápido, o la imaginación tan nítida y distinta, o la memoria tan amplia y presente como algunos otros.
Y no sé de otras cualidades sino ésas, que contribuyen a la perfección del ingenio; pues en lo que toca a la razón o al sentido, siendo, como es, la única cosa que nos hace hombres y nos distingue de los animales, quiero creer que está entera en cada uno de nosotros y seguir en esto la común opinión de los filósofos, que dicen que el más o el menos es sólo de los accidentes, mas no de las formas o naturalezas de los individuos de una misma especie.

Pero, sin temor, puedo decir que creo que fue una gran ventura para mí el haberme metido desde joven por ciertos caminos, que me han llevado a ciertas consideraciones y máximas, con las que he formado un método, en el cual paréceme que tengo un medio para aumentar gradualmente mi conocimiento y elevarlo poco a poco hasta el punto más alto a que la mediocridad de mi ingenio y la brevedad de mi vida puedan permitirle llegar.
Pues tales frutos he recogido ya de ese método que aun cuando en el juicio que sobre mí mismo hago procuro siempre inclinarme del lado de la desconfianza mejor que del de la presunción, y aunque al mirar con ánimo filosófico las distintas acciones y empresas de los hombres no hallo casi ninguna que no me parezca vana e inútil, sin embargo, no deja de producir en mí una extremada satisfacción el progreso que pienso haber realizado ya en la investigación de la verdad, y concibo tales esperanzas para el porvenir que si entre las ocupaciones que embargan a los hombres, puramente hombres, hay alguna que sea sólidamente buena e importante, me atrevo a creer que es la que yo he elegido por mía.

Puede ser, no obstante, que me engañe, y acaso lo que me parece oro puro y diamante fino no sea sino un poco de cobre y de vidrio. Sé cuan expuestos estamos a equivocarnos cuando de nosotros mismos se trata, y cuan sospechosos deben sernos también los juicios de los amigos que se pronuncian en nuestro favor. Pero me gustaría dar a conocer en el presente discurso los caminos que he seguido y representar en ellos mi vida como en un cuadro, para que cada cual pueda formar su juicio, y así, tomando luego conocimiento, por el rumor público, de las opiniones emitidas, sea éste un nuevo medio de instruirme, que añadiré a los que acostumbro emplear.

 

(René Descartes: “Discurso del método” 1637)

martes, 24 de enero de 2023

Chevrolet Celta (2006)

Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo American Cyclopaedia (Nueva York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal.
Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. Le pregunté el origen de esa memorable sentencia y me contestó que The Anglo American Cyclopaedia la registraba, en su artículo sobre Uqbar. La quinta (que habíamos alquilado amueblada) poseía un ejemplar de esa obra. En las últimas páginas del volumen XLVI dimos con un artículo sobre Upsala; en las primeras del XLVII, con uno sobre Ural-Altaic Languages, pero ni una palabra sobre Uqbar. Bioy, un poco azorado, interrogó los tomos del índice. Agotó en vano todas las lecciones imaginables: Ukbar, Ucbar, Ooqbar, Ookbar, Oukbahr... Antes de irse, me dijo que era una región del Irak o del Asia Menor. Confieso que asentí con alguna incomodidad. Conjeturé que ese país indocumentado y ese heresiarca anónimo eran una ficción improvisada por la modestia de Bioy para justificar una frase. El examen estéril de uno de los atlas de Justus Perthes fortaleció mi duda.

Al día siguiente, Bioy me llamó desde Buenos Aires. Me dijo que tenía a la vista el artículo sobre Uqbar, en el volumen XLVI de la Enciclopedia. No constaba el nombre del heresiarca, pero sí la noticia de su doctrina, formulada en palabras casi idénticas a las repetidas por él, aunque -tal vez- literariamente inferiores. Él había recordado: Copulation and mirrors are abominable. El texto de la Enciclopedia decía: «Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are abominable) porque lo multiplican y lo divulgan». Le dije, sin faltar a la verdad, que me gustaría ver ese artículo. A los pocos días lo trajo. Lo cual me sorprendió, porque los escrupulosos índices cartográficos de la Erdkunde de Ritter ignoraban con plenitud el nombre de Uqbar.

El volumen que trajo Bioy era efectivamente el XLVI de la Anglo-American Cyclopaedia. En la falsa carátula y en el lomo, la indicación alfabética (Tor-Ups) era la de nuestro ejemplar, pero en vez de 917 páginas constaba de 921. Esas cuatro páginas adicionales comprendían el artículo sobre Uqbar; no previsto (como habrá advertido el lector) por la indicación alfabética. Comprobamos después que no hay otra diferencia entre los volúmenes. Los dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima Encyclopaedia Britannica. Bioy había adquirido su ejemplar en uno de tantos remates.

Leímos con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y (como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica, sólo reconocimos tres -Jorasán, Armenia, Erzerum-, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado más bien como una metáfora. La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus nebulosos puntos de referencia eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región.
Leímos, verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso, al principio de la página 918. En la sección histórica (página 920) supimos que a raíz de las persecuciones religiosas del siglo XIII, los ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde perduran todavía sus obeliscos y donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La sección «Idioma y literatura» era breve. Un solo rasgo memorable: anotaba que la literatura de Uqbar era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön... La bibliografía enumeraba cuatro volúmenes que no hemos encontrado hasta ahora, aunque el tercero -Silas Haslam: Hystory of the Land Called Uqbar, 1874- figura en los catálogos de librería de Bernard Quaritch. El primero, Lesbare und lesenswerthe Bemerkungen über das Land Ukkbar in Klein-Asien, data de 1641 y es obra de Johannes Valentinus Andreä. El hecho es significativo; un par de años después, di con ese nombre en las inesperadas páginas de De Quincey (Writings, decimotercer volumen) y supe que era el de un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de la Rosa-Cruz -que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él.


(Jorge Luis Borges: “Ficciones” 1944)

martes, 9 de agosto de 2022

Volkswagen Polo GTI (2010)

Él —porque no cabía duda sobre su sexo, aunque la moda de la época contribuyera a disfrazarlo— estaba acometiendo la cabeza de un moro que pendía de las vigas. La cabeza era del color de una vieja pelota de football, y más o menos de la misma forma, salvo por las mejillas hundidas y una hebra o dos de pelo seco y ordinario, como el pelo de un coco. El padre de Orlando, o quizá su abuelo, la había cercenado de los hombros de un vasto infiel que de golpe surgió bajo la luna en los campos bárbaros de África; y ahora se hamacaba suave y perpetuamente en la brisa que soplaba incesante por las buhardillas de la gigantesca morada del caballero que la tronchó.

Los padres de Orlando habían cabalgado por campos de asfódelos, y campos de piedra, y campos regados por extraños ríos, y habían cercenado de muchos hombros, muchas cabezas de muchos colores, y las habían traído para colgarlas de las vigas.

Orlando haría lo mismo, se lo juraba. Pero como sólo tenía dieciséis años, y era demasiado joven para cabalgar por tierras de Francia o por tierras de África, solía escaparse de su madre y de los pavos reales en el jardín, y subir hasta su buhardilla para hender, y arremeter y cortar el aire con su acero.

A veces cortaba la cuerda y la cabeza rebotaba en el suelo y tenía que colgarla de nuevo, atándola con cierta hidalguía casi fuera de su alcance, de suerte que su enemigo le hacía muecas triunfales a través de labios contraídos, negros. La cabeza oscilaba de un lado a otro, porque la casa en cuya cumbre vivía era tan vasta que el viento mismo parecía atrapado ahí, soplando por acá, soplando por allá, invierno y verano. La verde tapicería de Arrás con sus cazadores se agitaba perpetuamente. Sus abuelos habían sido nobles desde que empezaron a ser. Habían salido de las nieblas boreales con coronas en las cabezas. Las barras de oscuridad en el cuarto y los charcos amarillos que ajedrezaban el piso, ¿no eran acaso obra del sol que atravesaba el vitral de un vasto escudo de armas en la ventana? Orlando estaba ahora en el centro del cuerpo amarillo de un leopardo heráldico. Al poner la mano en el antepecho de la ventana para abrirla, aquélla se volvió inmediatamente roja, azul y amarilla como un ala de mariposa.

Así, los que gustan de los símbolos y tienen habilidad para descifrarlos, podrían observar que aunque las hermosas piernas, el gallardo cuerpo y los hombros bien hechos estaban decorados todos ellos con diversos tintes de luz heráldica, la cara de Orlando, al abrir la ventana, sólo estaba alumbrada por el sol. Imposible encontrar cara más sombría y más cándida. ¡Dichosa la madre que pare, más dichoso aun el biógrafo que registra la vida de tal hombre! Ni ella tendrá que mortificarse, ni él que invocar el socorro de poetas o novelistas. Irá de gesta en gesta, de gloria en gloria, de cargo en cargo, siempre seguido de su escriba, hasta alcanzar aquel asiento que representa la cumbre de su deseo. Orlando, a primera vista, parecía predestinado a una carrera semejante. El rojo de sus mejillas era aterciopelado como un durazno; el vello sobre el labio era apenas un poco más tupido que el vello sobre las mejillas. Los labios eran cortos y ligeramente replegados sobre dientes de una exquisita blancura de almendra. Nada molestaba el vuelo breve y tenso de la sagitaria nariz; el cabello era oscuro, las orejas pequeñas y bien pegadas a la cabeza. 

Pero, ¡ay de mí!, estos catálogos de la hermosura juvenil no pueden acabar sin mencionar la frente y los ojos. ¡Ay de mí!, pocas personas nacen desprovistas de esos tres atributos, pues en cuanto miramos a Orlando parado en la ventana, debemos admitir que tenía ojos como violetas empapadas, tan grandes que el agua parecía haber desbordado de ellos ensanchándolos, y una frente como la curva de una cúpula de mármol apretada entre los dos medallones lisos que eran sus sienes. En cuanto echamos una ojeada a la frente y los ojos, nos extraviamos en metáforas. En cuanto echamos una ojeada a la frente y a los ojos, tenemos que admitir mil cosas desagradables de esas que procura eludir todo biógrafo competente. Lo inquietaban los espectáculos como el de su madre, una dama hermosísima de verde, que salía a dar de comer a los pavos reales con Twitchett, su doncella, a la zaga; lo exaltaban los espectáculos —los pájaros y los árboles; y lo hacían enamorarse de la muerte—, el cielo de la tarde, las cornejas que vuelven; y así subiendo la escalera espiral hasta su cerebro —que era espacioso— todos estos espectáculos y también los ruidos del jardín, el martillo que golpea, la madera hachada, empezó ese tumulto y confusión de las emociones y las pasiones que todo biógrafo competente aborrece.
Pero prosigamos: Orlando lentamente encogió el cuello, se sentó a la mesa, y con el aire semiconsciente de quien está haciendo lo que hace todos los días de su vida a esa misma hora, sacó un cuaderno rotulado «Adalberto: una tragedia en cinco actos» y sumergió en la tinta una vieja y manchada pluma de ganso.

(Virginia Woolf: “Orlando” 1928)

 

sábado, 12 de marzo de 2011

Austin FX4 (1965)

Hace un tiempo, contábamos que en Estados Unidos, el taxi más popular no venía de ninguna de sus tres emblemáticas firmas. Del otro lado del Atlántico, en el Reino Unido, sucede algo similar, ya que este taxi es tan representativo de Londres, como los colectivos Decker de doble piso.

Desde un principio, la seguridad del pasajero fue primordial en las ciudades, por lo que el taxi debía cumplir con ciertas especificaciones técnicas, que dejaban de lado varios autos de serie. Es por ello que solo algunas marcas se inclinaron a cumplir con estas normas con diferente éxito. Empresas como Morris, Beadmore, Vauxhall, Winchester presentaron sus modelos, pero la que en verdad ha conquistado el mercado, es Austin.

Fundada en 1905 por Herbert Austin, en las afueras de Birmingham, la fábrica tuvo un repentino crecimiento, debido a la revolución industrial y al automóvil, lo que hizo que en 1908 ya contara con más de mil empleados. En esos tiempos se dedicaba a la fabricación de todo tipo de vehículos, pero el que mayor rédito daba era el Austin LL Landaulette, ya que era el preferido por los choferes, y se mantuvo en producción desde 1921 hasta 1940.

Una vez finalizada la guerra, en 1948 es presentado el Austin FX3, que debido a las leyes británicas, se impuso de forma obligatoria a los taxistas. La alcaldía contrató a una empresa llamada Carbodies, para que fabrique las carrocerías especialmente diseñadas para taxis, sobre los chasis Austin. Este modelo era propulsado tanto por un motor diesel, como naftero, de 2.2 litros y caja manual. Poseía solo una puerta delantera para facilitar el ingreso de los pasajeros. Y las puertas traseras se abrían “contra viento”.

En 1959, y luego de fabricarse 7.000 FX3, se presenta el FX4. Este modelo presentaba una gran mejoría en su interior, ya que incorporaba un nuevo asiento para dos o tres personas y uno rebatible, lo que le daba una capacidad de cinco pasajeros. Se mejoró el instrumental y el radio de giro se disminuyo a un poco más de 8 metros, En un principio lo propulsaba el motor diesel de su antecesor, pero luego fue reemplazado por un naftero y una caja manual.

En 1984 Carbodies, pasó a denominarse London Taxis Internacional, y asumió la total responsabilidad de la construcción de los taxis. Incorporó motores diesel y transmisiones Nissan y rebautizó al modelo con el nombre de “Fairway”. Estuvo en producción hasta 1997, cuando fue reemplazado por TX1.
Hoy, cuando recorran las ciudades de Londres o de Dublín, lo van a hacer en modernos autos como el TX2 o en furgonetas Volkswagen de vivos colores o con publicidades de Tévez en el Manchester. Poco ha quedado de estos autos pesados, duros y nobles con su característico color negro.

Les dejo imágenes del auto, un video y fotos de las réplicas correspondientes a los números 5 y 39 de la colección Taxis del Mundo, edición Argentina, editorial Altaya.

Nos vemos en la próxima entrada. Saludos!!!!!!!

Un clásico devorando litros....

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