Aunque, para muchos, dicha campaña redundó en honores y ascensos, a mí solo me trajo desdichas. Al comenzar la batalla de Maiwand, yo había sido separado de mi brigada y había sido asignado a las tropas del Berkshire. Allí, me hirió una bala explosiva que me destrozó el hueso y rozó la arteria del subclavio. De no ser por el coraje y la leal actitud de mi ayudante Murray, que me cargó como una bolsa en un caballo y pudo llevarme hasta las líneas británicas, seguramente los ghazis asesinos me habrían atrapado. Exhausto y débil a causa del dolor y las fatigas soportadas, fui trasladado al hospital de base de Peshawar en un extenso convoy de heridos. Ya me estaba restableciendo allí, a tal punto que paseaba por las salas y hasta salía a tomar algo de sol en la terraza, cuando el tifus, ese azote de nuestras posesiones en la India, me atacó. Temieron que muriera durante meses, hasta que por fin reaccioné y comencé mi convalecencia. Sin embargo, tal era mi estado de debilidad que el Consejo Médico dictaminó que regresara inmediatamente a Inglaterra.
Así pues, me embarcaron en el transporte militar Orontes y, luego de un mes, arribé al muelle de Portsmouth transformado en una auténtica piltrafa, aunque con un permiso extendido por un gobierno paternalista para que en nueve meses me recompusiera.
Como en Inglaterra carecía de parientes o amigos, era totalmente libre como el aire o tanto como un hombre puede serlo con un ingreso de once chelines y seis peniques al día. Como era de suponer en una situación como aquella, me dirigí a Londres, ese gran reducto al que todos los que disfrutan de un tiempo de ocio se ven atraídos de manera irresistible. Me hospedé, entonces, en un buen hotel del Strand y por un período llevé una vida sin comodidades ni objetivos, y gasté mi dinero con mucha mayor prodigalidad de lo que debía. Tan alarmante comenzó a ser mi situación financiera que no demoré en comprender que, si quería permanecer en la gran ciudad y pretendía no regresar al campo para llevar una dura vida rural, debía cambiar mi estilo de vida por completo. Decidí esto último y, en consecuencia, comencé por dejar el hotel y mudarme a una habitación más barata y sin tantas pretensiones.
Justo el día en que
llegué a tal conclusión, mientras estaba en el bar Criterios, sentí unos
golpecitos en el hombro. Me di vuelta y vi que era el joven Stamford, que había
trabajado como practicante bajo mis órdenes en el Barts. Para una persona
solitaria, resulta sumamente grato encontrar una cara amiga en la inmensa y extraña
multitud de Londres.
Si bien Stamford no era un gran amigo mío exactamente, en esa ocasión lo saludé entusiasmado y él pareció contento de verme. Preso de una gran alegría, lo invité a almorzar en Holborn, y hacia allí fuimos en un carruaje de alquiler.
—¿Y qué fue de su
vida, Watson?
(Arthur Conan Doyle: “Estudio en Escarlata” 1887)