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martes, 21 de febrero de 2023

Justicialista Grand Sport (1953)

Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja. En el indicador del paso de peatones apareció la silueta del hombre verde. La gente empezó a cruzar la calle pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra del asfalto, nada hay que se parezca menos a la cebra, pero así llaman a este paso. Los conductores, impacientes, con el pie en el pedal del embrague, mantenían los coches en tensión, avanzando, retrocediendo, como caballos nerviosos que vieran la fusta alzada en el aire.
Habían terminado ya de pasar los peatones, pero la luz verde que daba paso libre a los automóviles tardó aún unos segundos en alumbrarse. Hay quien sostiene que esta tardanza, aparentemente insignificante, multiplicada por los miles de semáforos existentes en la ciudad y por los cambios sucesivos de los tres colores de cada uno, es una de las causas de los atascos de circulación, o embotellamientos, si queremos utilizar la expresión común.

Al fin se encendió la señal verde y los coches arrancaron bruscamente, pero enseguida se advirtió que no todos habían arrancado. El primero de la fila de en medio está parado, tendrá un problema mecánico, se le habrá soltado el cable del acelerador, o se le agarrotó la palanca de la caja de velocidades, o una avería en el sistema hidráulico, un bloqueo de frenos, un fallo en el circuito eléctrico, a no ser que, simplemente, se haya quedado sin gasolina, no sería la primera vez que esto ocurre.
El nuevo grupo de peatones que se está formando en las aceras ve al conductor inmovilizado braceando tras el parabrisas mientras los de los coches de atrás tocan frenéticos el claxon. Algunos conductores han saltado ya a la calzada, dispuestos a empujar al automóvil averiado hacia donde no moleste. Golpean impacientemente los cristales cerrados. El hombre que está dentro vuelve hacia ellos la cabeza, hacia un lado, hacia el otro, se ve que grita algo, por los movimientos de la boca se nota que repite una palabra, una no, dos, así es realmente, como sabremos cuando alguien, al fin, logre abrir una puerta, Estoy ciego.

Nadie lo diría. A primera vista, los ojos del hombre parecen sanos, el iris se presenta nítido, luminoso, la esclerótica blanca, compacta como porcelana. Los párpados muy abiertos, la piel de la cara crispada, las cejas, repentinamente revueltas, todo eso que 5 cualquiera puede comprobar, son trastornos de la angustia. En un movimiento rápido, lo que estaba a la vista desapareció tras los puños cerrados del hombre, como si aún quisiera retener en el interior del cerebro la última imagen recogida, una luz roja, redonda, en un semáforo.
Estoy ciego, estoy ciego, repetía con desesperación mientras le ayudaban a salir del coche, y las lágrimas, al brotar, tornaron más brillantes los ojos que él decía que estaban muertos. Eso se pasa, ya verá, eso se pasa enseguida, a veces son nervios, dijo una mujer. El semáforo había cambiado de color, algunos transeúntes curiosos se acercaban al grupo, y los conductores, allá atrás, que no sabían lo que estaba ocurriendo, protestaban contra lo que creían un accidente de tráfico vulgar, un faro roto, un guardabarros abollado, nada que justificara tanta confusión. Llamen a la policía, gritaban, saquen eso de ahí.
El ciego imploraba, Por favor, que alguien me lleve a casa. La mujer que había hablado de nervios opinó que deberían llamar a una ambulancia, llevar a aquel pobre hombre al hospital, pero el ciego dijo que no, que no quería tanto, sólo quería que lo acompañaran hasta la puerta de la casa donde vivía, Está ahí al lado, me harían un gran favor, Y el coche, preguntó una voz. Otra voz respondió, La llave está ahí, en su sitio, podemos aparcarlo en la acera. No es necesario, intervino una tercera voz, yo conduciré el coche y llevo a este señor a su casa. Se oyeron murmullos de aprobación. El ciego notó que lo agarraban por el brazo, Venga, venga conmigo, decía la misma voz. 
 
(José Saramago: “Ensayo sobre la ceguera” 1995)

martes, 7 de febrero de 2023

Justicialista Pick Up (1952)

Tuve un infarto en diciembre de 2015 y gracias a eso me quedé vivir en la Argentina. Fue un infarto que me dio de sopetón a los cuarenta y cinco años y casi me muero. Yo estaba alquilando una casita en Montevideo, por AirBNB, y los dueños de esa casa me salvaron la vida. Me subieron a un auto, llamaron a un patrullero, me llevaron al hospital e hicieron una cantidad de cosas tremendas para no me muriera. ¡Sin conocerme! Yo era el inquilino: nos habíamos visto un día antes cuando ellos me dieron la llave de la casita de huéspedes y nada más.

—Vamos a visitar a esta gente, a Montevideo.

Fuimos a visitar a esta pareja de montevideanos, Javier y Alejandra, y también fuimos a contarles algo que no sabía nadie todavía en mi familia: que íbamos a ser papás.

Llegamos a la casa donde me infarté. A mí me dio un cosquilleo cuando llegamos, porque podía haberme muerto ahí, un año antes.

Javier y Alejandra tienen un caserón enorme en el barrio montevideano del Prado, con una pileta olímpica y cuatro perros, con obras de arte y muebles caros, y hasta una casa de huéspedes detrás del jardín. En esa casa de huéspedes me infarté.

Cuando fuimos esa noche a contarles que íbamos a ser papás, se pusieron muy contentos. Se emocionaron. Me abrazaban y le tocaban la panza a Julieta. Después la charla empezó a fluir, como si nos conociéramos de toda la vida. 

Entonces Javier nos empezó a contar sobre ellos. Nosotros no sabíamos nada sobre ellos. Solamente sabíamos que me habían salvado la vida un año antes, que me habían llevado en su auto al hospital, que habían movido cielo y tierra para que me atendiera la salud pública, que eran mis ángeles de la guarda. Pero nada más.

Y cuando Javier empezó a hablar, supimos que eran personas muy especiales.

Alejandra era funcionaria en Montevideo. Y no me acuerdo de qué trabajaba Javier pero iba y venía por todo el mundo; digamos que era un alto directivo de una empresa a la que voy a llamar Multinacional A.

Y como pasa siempre cuando te va muy bien en los negocios, un día lo contactaron de la competencia (la Multinacional B) y lo tentaron para que se pasara a sus filas. Le ofrecían el doble de plata y beneficios enormes. Seguramente Javier nos explicó todo esto con más claridad, pero a mí me cuesta retener la jerga de los trabajos en donde pagan bien. 

A Javier le llevó tres o cuatro noches decidirse, pero finalmente un día se levantó de la cama temprano, se vistió, se hizo un chequeo para incorporarse a la nueva empresa y renunció a su trabajo de toda la vida. Sus jefes trataron de convencerlo, le dijeron que estaba loco, todos trataron de hacerlo cambiar de idea, pero Javier estaba decidido. Firmó su renuncia en la Multinacional A y volvió a casa antes del mediodía.

Eso fue un viernes. El lunes por la tarde Javier tenía que firmar el contrato con la Multinacional B, donde lo esperaba una participación en las ganancias, beneficios corporativos y otro montón de palabras que no entiendo. Pero el lunes muy temprano sonó el teléfono. Era el médico de la nueva empresa, con malas noticias. Javier tenía una insuficiencia renal crónica. 


(Hernán Casciari: "El mejor infarto y otros cuentos del corazón" 2020)


Un clásico devorando litros....

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