
Por alguna
cuestión intrínseca, la mayoría de los que coleccionamos miniaturas, prefiere
los autos viejos a los nuevos. No importa si el modelo real es mejor o peor que
sus antecesores, pero los autos modernos nos causan repulsión. Podemos estar
ante la mejor miniatura del último auto del múltiple campeón Sebastian Loeb,
pero antes de ese modelito, elegimos este Opel Manta de 1986 aunque nunca lo
hayamos visto correr. Si será complicado el coleccionista, ¿no?
Podemos
hacer como hacen los psicólogos y echarles la culpa a nuestros padres por
grabarnos la leyenda “Todo tiempo pasado fue mejor”. Nos jactamos que los autos
de nuestra niñez, eran mejores, puesto que la chapa era “así de gruesa” y ahora
son de papel. No importa que antes fuéramos en un Falcon y si chocábamos no
quedaba nadie vivo en su interior. Lo que nos importa, es que esa sensación de
robustez, no la trasmite ningún auto actual, aunque saltemos con ellos desde un
décimo piso y no tengamos ni un rasguño. Estoy exagerando, pero el pensamiento
es genuino.
Los motores
es otro tema. La sensación de potencia que transmitía un 3 litros era inigualable,
el motor bramaba, todo el habitáculo vibraba al compás de los pistones,
mientras que litros de combustible desaparecían en minutos. Hoy nos subimos a nuestro
auto con su motor de modesto litro y medio y tenemos que mirar el tablero para
ver si está encendido. Claro, no nos importa que este artefacto tenga mayor
velocidad final, mejor aceleración y que consuma menos de la mitad del viejo
mastodonte. Lo que nos importa es que las sensaciones de antes nos hacían
sentir que estábamos arriba de una máquina, mientras que los actuales
automóviles no nos trasmiten esa sensación de energía. Como dice el Gaucho, son
electrodomésticos. Aunque tengan más potencia

¿Y los
cromados? Hace muchos años, todo accesorio era cromado, como para dejar bien en
claro que uno estaba frente a una verdadera máquina. Espejos, llantas,
baguetas, insignias, paragolpes, todo era cromado. De golpe, a la sociedad le
pareció que era demasiado la violencia en las calles y los autos tuvieron que
ser más amigables. El plástico se hizo más económico y los autos empezaron a
tener cara de buena persona, gracias a que todo lo que era de color plateado,
pasó a ser de color negro, gracias al nuevo material. Y hoy, cuando gracias a
las nuevas tecnologías, algunos accesorios de plástico vuelven a tener ese
hermoso color cromado, nosotros, los de la vieja escuela no los aceptamos,
porque no solo queremos el color, también queremos que sea de metal. Aunque los
vehículos actuales pesan la mitad y mejoran el consumo, nosotros nos seguimos
aferrando a la idea de que es mejor si es de metal. ¡Y que sea pesado!!!
Cuando voy
en la GTX de mi
amigo Victor, que la tiene inmaculada, tenemos varios problemas. En verano,
podemos llegar a salir con golpes de calor debido a la temperatura del
habitáculo y en invierno, llevamos camperas, para usar solamente dentro del
auto. Si abrimos los pasos de aire, la tierra que empieza a entrar puede
dificultar la respiración, al punto que no permite que suban personas con
problemas asmáticos. Y obviamente que si vamos rápidos, nos comunicamos por
señas, porque el ruido impide el habla. En cambio, en un auto moderno, nada de
eso sucede. Todos tienen un microclima a gusto del pasajero. Pero eso tampoco
nos importa, los autos de la infancia eran mejores.
Es decir,
que básicamente los autos de antaño son puro defecto. Son gigantes y no entran
en ninguna cochera actual. Consumen a un ritmo que de haber seguido con esos
motores, ya se hubiese terminado el petróleo. Son pesados y muy inseguros para
sus ocupantes. Y para todo aquel que se interponga en su camino. Lentos y
pesados, como si fuese un elefante trotando. Hacer un viaje de mil kilómetros,
era como correr el Dakar actual. Una verdadera aventura, con final incierto. Sin
embargo, nosotros disfrutamos mucho más la miniatura de esa vieja máquina, que
de un actual electrodoméstico.

Tal vez, y
si todavía estamos, a los autos actuales los vayamos a querer dentro de 30
años. Debe ser porque el ser humano se niega a los cambios. Todo aquello que
amenace su área de confort es su enemigo. Si yo estoy bien con este auto, ¿Por
qué lo voy a cambiar? Uno tiene temor a lo desconocido, aunque nos aseguren que
es mejor. Por algo también nos grabaron el dicho: “Mejor malo conocido, que
bueno por conocer”
Este viejo
Opel Manta, disputó la apertura del calendario 1986 en Montecarlo, en manos del
alemán Manfred Hero. Obviamente, poco pudo hacer ante las bestias del grupo B y
terminó en un honroso puesto once. Tal vez, si esa categoría hubiese seguido
varios años, este modelo y sus evoluciones hoy serían una parte importante en
la historia del Rally Mundial.
La réplica
que ven en las fotos, corresponde al fascículo número 23 de la colección Rally
de Montecarlo, editorial Altaya. Por el mismo precio pueden ver el video.
Saludos
para todos, y recuerden que este blog es un enlace.