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martes, 9 de agosto de 2022

Volkswagen Polo GTI (2010)

Él —porque no cabía duda sobre su sexo, aunque la moda de la época contribuyera a disfrazarlo— estaba acometiendo la cabeza de un moro que pendía de las vigas. La cabeza era del color de una vieja pelota de football, y más o menos de la misma forma, salvo por las mejillas hundidas y una hebra o dos de pelo seco y ordinario, como el pelo de un coco. El padre de Orlando, o quizá su abuelo, la había cercenado de los hombros de un vasto infiel que de golpe surgió bajo la luna en los campos bárbaros de África; y ahora se hamacaba suave y perpetuamente en la brisa que soplaba incesante por las buhardillas de la gigantesca morada del caballero que la tronchó.

Los padres de Orlando habían cabalgado por campos de asfódelos, y campos de piedra, y campos regados por extraños ríos, y habían cercenado de muchos hombros, muchas cabezas de muchos colores, y las habían traído para colgarlas de las vigas.

Orlando haría lo mismo, se lo juraba. Pero como sólo tenía dieciséis años, y era demasiado joven para cabalgar por tierras de Francia o por tierras de África, solía escaparse de su madre y de los pavos reales en el jardín, y subir hasta su buhardilla para hender, y arremeter y cortar el aire con su acero.

A veces cortaba la cuerda y la cabeza rebotaba en el suelo y tenía que colgarla de nuevo, atándola con cierta hidalguía casi fuera de su alcance, de suerte que su enemigo le hacía muecas triunfales a través de labios contraídos, negros. La cabeza oscilaba de un lado a otro, porque la casa en cuya cumbre vivía era tan vasta que el viento mismo parecía atrapado ahí, soplando por acá, soplando por allá, invierno y verano. La verde tapicería de Arrás con sus cazadores se agitaba perpetuamente. Sus abuelos habían sido nobles desde que empezaron a ser. Habían salido de las nieblas boreales con coronas en las cabezas. Las barras de oscuridad en el cuarto y los charcos amarillos que ajedrezaban el piso, ¿no eran acaso obra del sol que atravesaba el vitral de un vasto escudo de armas en la ventana? Orlando estaba ahora en el centro del cuerpo amarillo de un leopardo heráldico. Al poner la mano en el antepecho de la ventana para abrirla, aquélla se volvió inmediatamente roja, azul y amarilla como un ala de mariposa.

Así, los que gustan de los símbolos y tienen habilidad para descifrarlos, podrían observar que aunque las hermosas piernas, el gallardo cuerpo y los hombros bien hechos estaban decorados todos ellos con diversos tintes de luz heráldica, la cara de Orlando, al abrir la ventana, sólo estaba alumbrada por el sol. Imposible encontrar cara más sombría y más cándida. ¡Dichosa la madre que pare, más dichoso aun el biógrafo que registra la vida de tal hombre! Ni ella tendrá que mortificarse, ni él que invocar el socorro de poetas o novelistas. Irá de gesta en gesta, de gloria en gloria, de cargo en cargo, siempre seguido de su escriba, hasta alcanzar aquel asiento que representa la cumbre de su deseo. Orlando, a primera vista, parecía predestinado a una carrera semejante. El rojo de sus mejillas era aterciopelado como un durazno; el vello sobre el labio era apenas un poco más tupido que el vello sobre las mejillas. Los labios eran cortos y ligeramente replegados sobre dientes de una exquisita blancura de almendra. Nada molestaba el vuelo breve y tenso de la sagitaria nariz; el cabello era oscuro, las orejas pequeñas y bien pegadas a la cabeza. 

Pero, ¡ay de mí!, estos catálogos de la hermosura juvenil no pueden acabar sin mencionar la frente y los ojos. ¡Ay de mí!, pocas personas nacen desprovistas de esos tres atributos, pues en cuanto miramos a Orlando parado en la ventana, debemos admitir que tenía ojos como violetas empapadas, tan grandes que el agua parecía haber desbordado de ellos ensanchándolos, y una frente como la curva de una cúpula de mármol apretada entre los dos medallones lisos que eran sus sienes. En cuanto echamos una ojeada a la frente y los ojos, nos extraviamos en metáforas. En cuanto echamos una ojeada a la frente y a los ojos, tenemos que admitir mil cosas desagradables de esas que procura eludir todo biógrafo competente. Lo inquietaban los espectáculos como el de su madre, una dama hermosísima de verde, que salía a dar de comer a los pavos reales con Twitchett, su doncella, a la zaga; lo exaltaban los espectáculos —los pájaros y los árboles; y lo hacían enamorarse de la muerte—, el cielo de la tarde, las cornejas que vuelven; y así subiendo la escalera espiral hasta su cerebro —que era espacioso— todos estos espectáculos y también los ruidos del jardín, el martillo que golpea, la madera hachada, empezó ese tumulto y confusión de las emociones y las pasiones que todo biógrafo competente aborrece.
Pero prosigamos: Orlando lentamente encogió el cuello, se sentó a la mesa, y con el aire semiconsciente de quien está haciendo lo que hace todos los días de su vida a esa misma hora, sacó un cuaderno rotulado «Adalberto: una tragedia en cinco actos» y sumergió en la tinta una vieja y manchada pluma de ganso.

(Virginia Woolf: “Orlando” 1928)

 

martes, 31 de mayo de 2022

Chevrolet Corvette C2 Stingray (1963)

 Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el molestísimo viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él. 

El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared. Representaba sólo un enorme rostro de más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones hermosas y endurecidas. Winston se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No funcionaba con frecuencia y en esta época la corriente se cortaba durante las horas de día. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba la Semana del Odio. Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una úlcera de várices por encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando varias veces. En cada descansillo, frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno adondequiera que esté. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las palabras al pie. 

Dentro del piso una voz llena leía una lista de números que tenían algo que ver con la producción de lingotes de hierro. La voz salía de una placa oblonga de metal, una especie de espejo empañado, que formaba parte de la superficie de la pared situada a la derecha. Winston hizo funcionar su regulador y la voz disminuyó de volumen aunque las palabras seguían distinguiéndose. El instrumento (llamado telepantalla) podía ser amortiguado, pero no había manera de cerrarlo del todo. Winston fue hacia la ventana: una figura pequeña y frágil cuya delgadez resultaba realzada por el «mono» azul, uniforme del Partido. Tenía el cabello muy rubio, una cara sanguínea y la piel embastecida por un jabón malo, las romas hojas de afeitar y el frío de un invierno que acababa de terminar. 

Afuera, incluso a través de los ventanales cerrados, el mundo parecía frío. Calle abajo se formaban pequeños torbellinos de viento y polvo; los papeles rotos subían en espirales y, aunque el sol lucía y el cielo estaba intensamente azul, nada parecía tener color a no ser los carteles pegados por todas partes. La cara de los bigotes negros miraba desde todas las esquinas que dominaban la circulación. En la casa de enfrente había uno de estos cartelones. EL GRAN HERMANO TE VIGILA, decían las grandes letras, mientras los sombríos ojos miraban fijamente a los de Winston. En la calle, en línea vertical con aquél, había otro cartel roto por un pico, que flameaba espasmódicamente azotado por el viento, descubriendo y cubriendo alternativamente una sola palabra: INGSOC. A lo lejos, un autogiro pasaba entre los tejados, se quedaba un instante colgado en el aire y luego se lanzaba otra vez en un vuelo curvo. Era de la patrulla de policía encargada de vigilar a la gente a través de los balcones y ventanas. Sin embargo, las patrullas eran lo de menos. Lo que importaba verdaderamente era la Polilla del Pensamiento. 

A la espalda de Winston, la voz de la telepantalla seguía murmurando datos sobre el hierro y el cumplimiento del noveno Plan Trienal. La telepantalla recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier sonido que hiciera Winston superior a un susurro, era captado por el aparato. Además, mientras permaneciera dentro del radio de visión de la placa de metal, podía ser visto a la vez que oído. Por supuesto, no había manera de saber si le contemplaban a uno en un momento dado. Lo único posible era figurarse la frecuencia y el plan que empleaba la Policía del Pensamiento para controlar un hilo privado. Incluso se concebía que los vigilaran a todos a la vez. Pero, desde luego, podían intervenir su línea de usted cada vez que se les antojara. Tenía usted que vivir -y en esto el hábito se convertía en un instinto- con la seguridad de que cualquier sonido emitido por usted sería registrado y escuchado por alguien y que, excepto en la oscuridad, todos sus movimientos serían observados. 

Winston se mantuvo de espaldas a la telepantalla. Así era más seguro; aunque, como él sabía muy bien, incluso una espalda podía ser reveladora. A un kilómetro de distancia, el Ministerio de la Verdad, donde trabajaba Winston; se elevaba inmenso y blanco sobre el sombrío paisaje. «Esto es Londres», pensó con una sensación vaga de disgusto; Londres, principal ciudad de la Franja aérea 1, que era a su vez la tercera de las provincias más pobladas de Oceanía. Trató de exprimirse de la memoria algún recuerdo infantil que le dijera si Londres había sido siempre así. ¿Hubo siempre estas vistas de decrépitas casas decimonónicas, con los costados revestidos de madera, las ventanas tapadas con cartón, los techos remendados con planchas de cinc acanalado y trozos sueltos de tapias de antiguos jardines? ¿Y los lugares bombardeados, cuyos restos de yeso y cemento revoloteaban pulverizados en el aire, y el césped amontonado, y los lugares donde las bombas habían abierto claros de mayor extensión y habían surgido en ellos sórdidas colonias de chozas de madera que parecían gallineros? Pero era inútil, no podía recordar: nada le quedaba de su infancia excepto una serie de cuadros brillantemente iluminados y sin fondo, que en su mayoría le resultaban ininteligibles. 

El Ministerio de la Verdad -que en neolengua se le llamaba el Miniver- era diferente, hasta un extremo asombroso, de cualquier otro objeto que se presentara a la vista. Era una enorme estructura piramidal de cemento armado blanco y reluciente, que se elevaba, terraza tras terraza, a unos trescientos metros de altura. Desde donde Winston se hallaba, podían leerse, adheridas sobre su blanca fachada en letras de elegante forma, las tres consignas del Partido:

LA GUERRA ES LA PAZ

LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD

LA IGNORANCIA ES LA FUERZA 

(George Orwell: "1984" 1949)


martes, 24 de mayo de 2022

Triumph TR3A (1957)

BASTARÁ decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona. Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. 

La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que "todo tiempo pasado fue peor", si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. 

 

¡Cuántas veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer una noticia en la sección policial!. Pero la verdad es que no siempre lo más vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto, los criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo es pernicioso?. Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción.

Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo siga destilando su veneno y que en vez de eliminarlo se quiera contrarrestar su acción recurriendo a anónimos, maledicencia y otras bajezas semejantes. En lo que a mí se refiere, debo confesar que ahora lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que conozco. Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista se quejó de hambre y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero viva. No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata.

 

COMO decía, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán preguntarse qué me mueve a escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar mi crimen) y, sobre todo, a buscar un editor. Conozco bastante bien el alma humana para prever que pensarán en la vanidad. Piensen lo que quieran: me importa un bledo; hace rato que me importan un bledo la opinión y la justicia de los hombres.

Supongan, pues, que publico esta historia por vanidad. Al fin de cuentas estoy hecho de carne, huesos, pelo y uñas como cualquier otro hombre y me parecería muy injusto que exigiesen de mí, precisamente de mí, cualidades especiales; uno se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido. De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano.

 

Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumentando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas? La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad. Cuando yo era chico y me desesperaba ante la idea de que mi madre debía morirse un día (con los años se llega a saber que la muerte no sólo es soportable sino hasta reconfortante), no imaginaba que mi madre pudiese tener defectos. Ahora que no existe, debo decir que fue tan buena como puede llegar a serlo un ser humano.

 

Pero recuerdo, en sus últimos años, cuando yo era un hombre, cómo al comienzo me dolía descubrir debajo de sus mejores acciones un sutilísimo ingrediente de vanidad o de orgullo. Algo mucho más demostrativo me sucedió a mí mismo cuando la operaron de cáncer. Para llegar a tiempo tuve que viajar dos días enteros sin dormir. Cuando llegué al lado de su cama, su rostro de cadáver logró sonreírme levemente, con ternura, y murmuró unas palabras para compadecerme (¡ella se compadecía de mi cansancio!). Y yo sentí dentro de mí, oscuramente, el vanidoso orgullo de haber acudido tan pronto.

 

Confieso este secreto para que vean hasta qué punto no me creo mejor que los demás. Sin embargo, no relato esta historia por vanidad. Quizá estaría dispuesto a aceptar que hay algo de orgullo o de soberbia. Pero ¿por qué esa manía de querer encontrar explicación a todos los actos de la vida?  Cuando comencé este relato estaba firmemente decidido a no dar explicaciones de ninguna especie. Tenía ganas de contar la historia de mi crimen, y se acabó, al que no le gustara, que no la leyese. Aunque no lo creo, porque precisamente esa gente que siempre anda detrás de las explicaciones es la más curiosa y pienso que ninguno de ellos se perderá la oportunidad de leer la historia de un crimen hasta el final.

 

Podría reservarme los motivos que me movieron a escribir estas páginas de confesión; pero como no tengo interés en pasar por excéntrico, diré la verdad, que de todos modos es bastante simple, pensé que podrían ser leídas por mucha gente, ya que ahora soy célebre; y aunque no me hago muchas ilusiones acerca de la humanidad en general y de los lectores de estas páginas en particular, me anima la débil esperanza de que alguna persona llegue a entenderme. 

AUNQUE SEA UNA SOLA PERSONA. "¿Por qué —se podrá preguntar alguien— apenas una débil esperanza si el manuscrito ha de ser leído por tantas personas? Éste es el género de preguntas que considero inútiles, y no obstante hay que preverlas, porque la gente hace constantemente preguntas inútiles, preguntas que el análisis más superficial revela innecesarias. Puedo hablar hasta el cansancio y a gritos delante de una asamblea de cien mil rusos, nadie me entendería. ¿Se dan cuenta de lo que quiero decir? Existió una persona que podría entenderme. Pero fue, precisamente, la persona que maté.

(Ernesto Sábato: "El tunel" 1948)




sábado, 19 de abril de 2014

Lamborghini Murciélago (2001)

Las comparaciones son odiosas, pero a todos le gustan hacerlas. Por eso, ya que ando corto de tiempo y de imaginación recurro a lo más fácil, a que ustedes disfruten de a dos. Sé que algunos piensan que dos es significado de infidelidad, pero estas miniaturas llegaron por caminos separados y muy justificados. Por eso es que en mi colección hay dos Lamborghini Murciélago de 2001. Deme dos….

Mirándolos de frente, se destaca que el tamaño es igual en las dos miniaturas, algo que se conserva en todo el auto. El Lambo de color amarillo, hecho por Ixo para la editorial Altaya, peca en los grandes grupos lumínicos, donde se ven los insertos de la sujeción. Y las grandes tomas de aire, están mejor resueltas en el Murciélago naranja de Grani & Partners.

Mirando los laterales, se destacan que los dos modelos comparten el mismo molde de llantas. Tampoco se descubre la más mínima diferencia en el calzado de las mismas, con el mismo dibujo, tanto para los neumáticos delanteros como los traseros. El modelo de Grani, tiene un plus, al traer grabadas sobre las puertas, las manijas embutidas del modelo real, que la miniatura amarilla no tiene. También se destacan los paneles de fibra que están sobre las ventanillas traseras. En el modelo naranja, las mismas son opacas y no brillantes como el modelo de Ixo.

El color naranja le juega en contra a la miniatura, ya que las pequeñas luces de giro, que se sitúan delante de las ruedas delanteras, se pierden, en contraste a como lucen en la réplica amarilla. En el techo se nota la única diferencia en las carrocerías. La de Grani se encuentra más elaborada, con un pequeño desnivel en el centro del mismo. Ante la duda, de cuál de los dos modelos es el correcto, fui a mi garaje a ver el modelo real, pero mi novia se lo había llevado al supermercado. Así que si alguien lo sabe, se lo voy a agradecer.


En la parte trasera, se destacan los focos de Grani & Partners, con su marco negro, y la división en colores de los mismos. Este detalle le da mucho más realismo que a su compañero. Y los escapes cromados, junto a la patente, se lucen mucho más. En el interior, el modelo de Ixo sale ganando. Al no tener las ventanillas, se lo puede apreciar con facilidad debido al color claro de las butacas y el tablero.

El de Grani, tiene un interior oscuro, que sumado a la existencia de las ventanillas, se hace difícil visualizarlo. Pero en realidad me surge la duda. Muchos de los superdeportivos vienen con los vidrios fijos, y como el mío no está en el garaje, no puedo confirmarlo. En internet aparece el modelo con su ventanilla baja, pero en competencias deportivas, por lo que puede que se la hayan retirado. En cuanto mi novia vuelva del supermercado me fijo en el auto real….

El Murciélago, le debe su nombre a un bravo toro, que en 1879 enfrentó a Rafael Molina con tal bravura, que el torero le perdonó la vida y lo donaron a Antonio Miura, un reconocido criador de España. El modelo fue presentado en el 2001 como el sucesor del Diablo y estuvo en producción hasta el 2010, en que fue reemplazado por el Aventador. Básicamente se conocen dos generaciones, pero en cada una hubo muchas ediciones limitadas lo que elevaron la producción del mismo a un poco más de las 4.000 unidades.


En todas las ocasiones, el motor fue un V12 de 6.5 litros, con una potencia entre 572 y 670 CV según la versión y tracción integral. En cualquiera de las adaptaciones, alcanzaba los 100 km/h en menos de 4 segundos y todos los modelos superaban los 330 km/h. También, como variación al Murciélago, surgió en 2007 el Lamborghini Reventón, que heredó todas sus partes mecánicas y solo se construyeron 21 unidades.

Volviendo a las réplicas, para mi gusto, el ganador es el de Grani & Partners por poco margen. Aunque la diferencia la hace el origen de esta miniatura. El modelo me lo regaló Marcelo, ya que en algunas ocasiones le hice unas compras globales y en gesto de agradecimiento, me obsequió este Lamborghini.

El modelo de Ixo, pertenece a la entrega número 34 de la colección “Dream Cars” de editorial Altaya. En el video, lo pueden apreciar mucho mejor.


Saludos y espero que les haya gustado el cieguito volador…

jueves, 21 de febrero de 2013

Shelby Cobra 427 (1964)


Para el tema Diecast Central de este mes, el tema venía fácil. “El Segundo Auto”. Ese auto que solo tendríamos si nos sobra la plata. No para usar todos los días ni para ir al supermercado. Es ese auto que siempre quisimos tener, el que lavaríamos todos los fines de semana para dar una vuelta. El problema fue elegir entre la colección que uno tiene y ahí se abrieron las posibilidades de soñar. Me costó trabajo, pero sepan que el Shelby Cobra 427 de 1964, sacó una leve ventaja con respecto a los demás.

Piensen que quieren de ese auto especial, para tenerlo en el garaje, muy cerca del dormitorio. Primero me vino a la mente un súper deportivo de última generación. Imaginen llegar al boliche del momento en un Lamborghini, Ferrari o Pagani. Lo único que tienen que hacer es ruido, para que los vean bajar de esa máquina y listo. Solo hay que elegir a la señorita más linda y llevársela. No hay que hacer nada, si uno no habla mejor. Como dice el dicho “billetera mata galán”….

Esa es una buena elección, sumado a la velocidad de esos autos, digamos que tenemos un combo casi perfecto. El único inconveniente es que tarde o temprano nos vamos a aburrir, que la señorita crea que es más importante que nuestro auto. Eso es algo que nunca van a entender. Y el otro inconveniente es que a esos ultra deportivos le falta, a mi gusto, un poco de mística y algo de personalidad, ya que muchas veces tenemos que leer de que marca es, porque a simple vista no logramos identificarlos.

Ustedes saben que uno de mis puntos débiles son los autos de pre guerra. Me parecen magníficos, con un halo de misterio y mucha historia, que los hacen mágicos. Con materiales nobles, los vemos con partes de madera, cobre o bronce, que los hacen salidos de un cuento de Julio Verne. Siempre me imagino, como habrá sido andar por las rutas de los años treinta, con esas máquinas al mejor estilo Delage, Bugatti o Duesenberg. Lo pesados que eran, con frenos no muy poderosos y a velocidades muy respetables. La verdad es que esa sería una buena opción.

Y si uno tiene la suerte de tener uno de esos clásicos, se puede dar el lujo de ir a distintos eventos y exposiciones, y sentirse orgulloso de su majestuoso automóvil. Lo que un poco me desmotiva, es el cuidado extremo que hay que tener en estos vehículos a la hora de la conducción. Uno no va a pasear por la ciudad en su Bugatti Atalante. Y en ese cuidado, por más que sea en una ruta desértica, debemos escatimar el acelerador o cualquier maniobra brusca, porque uno no está manejando solo un vehículo, uno está conduciendo una obra de arte.

Si quisiera manejar un vehículo, sin tener que ser tan preciso en la conducción, mi opción sería otra de mis debilidades: el Grupo B. Si, la verdad es que me gustaría tener una bestia de rally. ¿Se imaginan haciendo trompos en un Audi Quattro S1? ¿O doblando cruzado en la esquina a bordo de un Peugueot 205 T16? Ni hablar de salir acelerando cuando la luz de semáforo se pone en verde, manejando un Lancia Delta S4. Estoy pensando seriamente en cambiar de miniatura para esta entrada….

No habría camino que nos detenga, y no tendríamos que cuidarnos tanto por algún leve raspón. Después de todo, estos autos están acostumbrados a los maltratos. El que no está acostumbrado a ellos, es uno mismo. Son muy bruscos ante cualquier orden que uno le da. Imaginen más de 500 HP pegados en la espalda, llevándolos en todas las direcciones. Es como si Mohamed Ali, los usara de media res y entrenara al mejor estilo Rocky. Y no se olviden del sonido, que al principio nos fascina y media hora después nos dejó sordos.

Lo mejor entonces fue hacer un mix entre las virtudes de estos distintos autos que me gustarían tener. Imaginen un auto deportivo, con el cual se le puede decir a nuestra señorita que es el último modelo de una casa inglesa y que tenga una personalidad, imposible de confundir con cualquier otro vehículo. A eso súmenle que tenga unos años como para ser un clásico, pero sin tener la necesidad de tratarlo como si manejáramos a La Gioconda. Y todo conjugado con un motor lo suficientemente potente como para no seguir añorando al querido Grupo B. No caben dudas de Carroll Shelby sabía lo que hacía.

Esta réplica corresponde al fascículo 49 de la colección Car Collection de editorial DelPrado. También tienen el video para disfrutar.

Como siempre los invito a pasar por el blog Diecast Central, para que cada uno se sume a esta iniciativa.

Saludos y recuerden que Los Cobras son los mejores.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Honda NSX (1990)


Como mal coleccionista que soy, me he dado cuenta que de autos asiáticos, o para quedar más en evidencia, de autos japoneses, tengo varios vestidos para el rally, pero muy pocos de civil. Digo pocos por no decir, tengo menos que poco. No se porque se han dado las cosas, supongo que por falta de oportunidad o tal vez es, que al ser una industria joven, en comparación con la europea o americana, no me atraen tanto los modelos que no tienen más de 40 años. Pero por suerte siempre hay una excepción, y en mi colección es el Honda NSX de 1990. Vean el porque.

No me había dado cuenta de mi abstinencia, hasta que me tope con varios autos de la Car Collection de Del Prado. En ella, tuvieron el gran acierto de incluir varios modelos, no como me sucede con Altaya que siempre nos trae modelos mayormente europeos, en todas las colecciones y siempre quedan afuera los modelos de oriente. Si sale la colección “Nuestros queridos coches de los 80”, ya sea colección española o francesa, los autos japoneses quedan afuera, salvo alguna mínima excepción.

¿Habrá una Altaya japonesa? ¿Se imaginan a “Nuestlos quelidos coches de los ochenta? Dejando de lado el chiste fácil, la verdad es que me gustaría tener una colección así. O de alguna marca, como las que salieron de Citroën, Opel, Simca, Ferrari, etc en Europa. No se ustedes, pero me gustaría ver la colección de Honda, Toyota, Mitsubishi o Subaru. Porque tampoco se mucho de esta industria. Por estas tierras, es difícil conseguir bibliografía en español de la fabricación japonesa, así que seguramente de existir algo así, descubriría un mundo desconocido.

Por suerte, del NSX hay material, y les cuento porque. Honda había empezado con los automóviles en la década del 60, con modelos pequeños, por lo que no era tenida en cuenta como una gran industria, al igual que otras compañías asiáticas. Pero la diferencia es que esta casa japonesa incursionó prontamente en la Fórmula Uno, obteniendo dos victorias, que aunque no lo posicionar como referente automovilístico, sirvieron para que el mundo sepa de la existencia de la marca.

Luego de esa experiencia, la casa nipona en la década del ochenta, vuelve como proveedora de motores y ahí el mundo cae rendido a sus pies. Hasta su retiro, obtienen 6 campeonatos de constructores y cinco de pilotos. Aprovechando estos palmares, deciden lanzar un deportivo, para terminar de conquistar los distintos mercados. El modelo comenzó a ser proyectado en 1984 y se lanzó en 1990, en pleno apogeo de Honda en la categoría máxima del automovilismo.

Se trataba de una coupé para dos personas con un motor V6 en posición central. Todos esperaban que herede el V10 de la F1, pero se optó por un motor más pequeño, para diferenciarse de una Ferrari. Entonces se tuvo que trabajar en el peso del vehículo. Por eso parte de la suspensión, del chasis y de la carrocería eran de aluminio, siendo solo más pesado que el Lotus Esprit de la época. La otra gran sorpresa estaba dada por la propia planta motriz

El V6 tenía la tecnología V-TEC, que muchas fabricas copiaron años después. Cada cilindro tenía cuatro válvulas, pero solo se abría una durante la admisión. Si el conductor necesitaba de mayor potencia, se abría la segunda válvula, mientras que cambiaba el ritmo del árbol de levas. La ventaja, es que a bajas vueltas, el auto era muy manejable, ya que tranquilamente se podían domar los 274 CV, sin que el auto salga disparado hacía cualquier lado, menos hacia donde quería el conductor…

A pesar de todo lo que ofrecía, el New Sportscar eXperimental, tuvo suerte diversa en los mercados. En aquellos años, en Europa, se lo tildaba de una copia de Maranello, algo tosca, insulsa y ostentosa. Pero en Estados Unidos, donde se comercializaba bajo el nombre de Acura, fue apreciado por sus prestaciones, por su delicado comportamiento y por su estética. Hoy, con casi 30 años a cuestas, se lo considera como el primer clásico japonés.


Por eso, es que me gusta este modelo, por todo lo que significa para la industria japonesa. Les dejo un video con el mejor piloto de F1 de los últimos tiempos y las fotos de la réplica correspondiente a la entrega número 20 de la colección Car Collection, de editorial Del Prado, edición española.

Saludos para todos, antes y después.

jueves, 25 de octubre de 2012

Dodge Viper (1996)


Hace un par de entradas, decíamos que muchas veces, producto de los coleccionables, caíamos en la cuenta de que teníamos un modelo repetido, salvando el tema del color de la carrocería. Pero hay veces que uno compra un modelo, y con más tiempo y dinero, compra el mismo de mejor calidad. Y hasta puede uno ser más ambicioso y llega a triplicar el mismo auto. Yo no he llegado a ese extremo, pero si se me ha dado por mejorar algunos, como es el caso del Dodge Viper de 1996. A comparar!!!!

La primera duda es: ¿Uno debe desprenderse del peor auto? La verdad es que a mí me cuesta hacerlo. Porque después de todo, el primer modelo, que obviamente no me ha dado la satisfacción de tener la réplica exacta, me ha servido para alimentar, aunque sea tímidamente, el hobbie en épocas de “vacas flacas”. Siento que desprenderme de esos modelos, es como traicionar a los que me ayudaron cuando no tenía para comprar ni un auto de plástico.

Primero veamos al auto. Se presentó en el Salón de Detroit de 1989. En el diseño colaboró estrechamente Carroll Shelby, diseñador del Cobra. De ese modelo se toma el concepto básico de un biplaza descapotable con un gran motor. La gente de marketing, no dudo en ligarlo al famoso auto de Carroll y sugirió como nombre “Viper” que significa víbora, para terminar de ligarlo al Cobra. Fue muy bien recibido por el público y la prensa especializada, que se decidió producirlo.

Para el motor se pensó en un V10, con bloque de hierro remodelado por Lamborghini, que iba a tener como destino los camiones y SUV de Chrysler. El bloque original se sustituyó por uno de aluminio, se modificaron las cámaras de combustión y el sistema de válvulas y el motor trepó a los 400 CV. Así el descapotable llegaba a los 266 km/h, cuando comenzó su producción en 1992. Un año después se presentó en el Salón de Los Ángeles la coupé, que era más liviano y tenía 450 CV. La velocidad de punta declarada era de 275 km/h.
 
En total tuvo más de 10 versiones, cuyas principales modificaciones fueron estéticas, pero también hubo mejoras que tuvieron que ver con el motor. El mismo llegó a los 500 CV gracias a los 8 litros de cilindrada del noble V10. En Europa, este modelo se vendía como Chrysler Viper, ya que se pensaba que esta marca tenía una mejor imagen que la de Dodge. Por eso, los autos que años después ganaban su categoría en LeMans, llevaban la insignia de Chrysler en su frente y no la del carnero.

Pero pasemos a lo más importante, las réplicas. La más viejita es la de Bburago. Que mantiene muy bien las formas y el tamaño junto a su par de la colección de DelPrado ¿Será de UH?. Es apenas un poco más ancho, pero después comparten las dimensiones y el color. Las franjas blancas son similares, excepto al inicio y final de las mismas. Las grandes diferencias se hacen en las llantas con las cubiertas de goma, los espejos y los faros traseros. También hay detalles como la tapa del tanque de nafta y los faros suplementarios de la trompa.
 
En el interior, el de Bburago no se puede apreciar debido a los vidrios, salvo las valijas en el compartimiento trasero. El perteneciente a la colección de DelPrado, cuenta con un lindo tablero donde se ven los relojes en color plateado y se destaca en su parte trasera, la rueda de auxilio. En los escapes traseros, sobresalen los del modelo de Car Collection que son plateados, por los negros de su competidor. Pero en todo caso, siempre me voy a quedar con lo dos.
 
Les dejo las fotos del Bburago y del modelo perteneciente a la entrega número 42 de colección “Car Collection” de la editorial DelPrado. Para que disfruten de este auto en serio, les dejo un lindo video.

Y los vuelvo a molestar con el proyecto de “Diecast Central” están todos invitados, y el Cabo Reyes se encarga de darles la bienvenida.

Buena semana para todos!!!!!!

Un clásico devorando litros....

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