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martes, 17 de octubre de 2023

Suzuki Vitara JLX (1995)

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba. Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.


(Mario Vargas Llosa: “Discurso del Nobel” 07/12/2010)


domingo, 22 de junio de 2014

Suzuki SX4 WRC (2008)

Sepan disculpar la demora, pero cuando a uno lo inunda el trabajo, lo mejor que puede hacer es salir, divertirse, conocer todos los bares y restaurants habidos y por haber y pasarla bien, lo más lejos posible de la pc. Y en ese abandono cibernético, uno deja todo, incluyendo el blog. Hoy, como hace demasiado frio, y ya me he gastado lo que quedaba de mi sueldo en estos días previos, me he guardado en casa y voy a aprovechar para retomar este hobbie. En este caso me va a ayudar, este Suzuki SX4 WRC del 2008, que es tan japonés como la pizza.

Como es el primer auto de la marca que pasa por acá, vamos a hablar un poco de la historia de la marca. Michio Suzuki nació en 1887 en Hamamatsu, Japón. Fue hijo de trabajadores de plantaciones de algodón y en su adolescencia se convirtió en carpintero, oficio que lo llevó a producir con solo 22 años, un telar a pedal, el cual fue comercializado en Japón. Las ventas lo respaldan y en 1909 funda la "Suzuki Loom Works".

Para 1920, el negocio se fortalece con la ayuda de la reputación de la famosa seda japonesa. Reestructura la empresa familiar y consigue capitalizarse gracias a la venta de acciones de la nueva empresa llamada "Suzuki Loom Works Manufacturing Company".
El auge del automóvil no pasaba desapercibido en el oriente, y es en 1937 cuando crea un motor de 800 cc y 13 CV, teniendo como meta la construcción de un vehículo. Por supuesto, que la Guerra derrumbó todos los planes ya que no solo el sueño del automóvil se apagaba, sino que los campos de algodón habían desaparecido bajo el fuego enemigo.

Japón necesitaba de cualquier tipo de herramientas, y a eso se dedicó la Suzuki: maquinaría agrícola liviana, herramientas para la construcción, algunos instrumentos musicales, construcción de casas y una tímida intención de motorizar bicicletas fueron los rubros que interesaron a la empresa. De todos estos artefactos e instrumentos, el que más llamaba la atención, fue la pequeña bicicleta motorizada con un motor monocilíndrico de 30 cc conocida como Atom, cuya idea era de Shunzo, hijo del fundador, de las cuales se hicieron muy pocas unidades.

Para 1952 se lanzó una nueva versión con un motor de 2 tiempos y 36 cc, que contaba con un innovador sistema que hacía que funcionara con o sin ayuda de los pedales, llamada Power Free, siendo considerada como el primer ciclomotor de Suzuki, el cual los llevó al año siguiente a lanzar la Diamond Free, otra bicicleta motorizada, aunque esta vez con un motor de 60 cc monocilíndrico de 2 tiempos. La gran demanda provocó que se fabricaran de inmediato más de 6.000 unidades al mes.

Para 1954 la compañía pasa a llamarse Suzuki Motor Company y al año siguiente crea su primer motocicleta llamada Colleda, nombre que puede llegar a comprenderse como “Eureka”. Pero la motorización había prendido fuerte entre los directivos de la empresa y ese mismo año lanzan el Suzukilight, un pequeño minicoche utilitario dotado de un motor de 360 cc. Para 1957, Shunzo Suzuki, el hijo del fundador Michio, es nombrado presidente de la compañía y con ello se define el destino de la empresa.

Podríamos seguir hablando de la empresa, pero vamos a dedicarle unos párrafos al SX4. Este modelo fue diseñado por Giorgetto Giugiaro del estudio Italdesign y si bien se presentó en el 2005, su bautismo de fuego fue en el Salón de Génova del 2006. Pero lo raro, o no tanto, de este vehículo es que en el Salón de Bologna del 2005, Fiat
presentó al modelo Sedici, el cual es exactamente el mismo automóvil. La fabricación del modelo fue encargada a varias plantas pertenecientes a la empresa japonesa, pero en la fábrica de Hungría de Suzuki, las 2/3 partes de la producción, salían con el logo japonés y la restante con el logo italiano.

Ambas versiones ofrecían carrocerías hatchback de cinco puertas, y el SX4 también con carrocería sedán de cuatro puertas. El Sedici y algunas versiones del SX4 hatchback tenían intenciones de automóvil todoterreno, y eran equipados con suspensión reforzada, neumáticos de uso mixto y una altura mayor al piso. El vehículo es un cinco plazas, con motor delantero transversal, disponible con tracción delantera o con tracción a las cuatro ruedas. Sus motorizaciones son todas de cuatro cilindros desde 1.5 litros de cilindrada y 99 CV de potencia máxima, hasta un 2.0 litros de 150 CV.

En el 2007 Suzuki anuncia el desarrollo del SX4 con intención de ingresar al WRC. Su debut es en Rally de Francia a manos del experimentado Nicolas Bernardi, quien pudo concluir aunque con muchos percances Para el 2008, el programa comprendía todo el campeonato y se contrataron a los pilotos Toni Gardemeister y Per-Gunnar Andersson, obteniendo este último la mejor ubicación dl modelo, con sendos quintos puestos en los Rally de Japón y Gran Bretaña.

Lamentablemente, las conocidas crisis económicas, hicieron discontinuar el programa de rally de esta marca. La miniatura que nos acompaña, es la correspondiente al fines Toni Gardemeister, en ocasión del Rally de Montecarlo, el cual debió desertar.

La miniatura es de la colección “Rallye Montecarlo” de editorial Altaya. Y en el video pueden verlo en acción

Hasta la próxima, que los coches silban por mi ventana.

Un clásico devorando litros....

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