Despierto lleno de pensamientos sobre tí. Tu
cara y la mala tarde que pasamos ayer me han dejado nervioso. ¡Dulce,
incomparable Josephine, qué efecto extraño tienes en mi corazón! ¿Estás
enfadada? Veo tu mirada triste. Estás preocupada?... Me duele el alma de pena,
y no puede haber descanso para tí, querida; pero ¿aún hay más guardado para mí
cuando, rendido a los sentimientos tan profundos que me abruman, dibujo desde
tus labios, desde tu corazón, un amor que me consume con fuego? ¡Ah! ¡Fue ayer
por la noche que comprendí completamente cuán falsa es la imagen de ti que da
tu cara! Estás partiendo al mediodía; Te veré en tres horas. Hasta entonces,
mio dolce amor, mil besos; pero no me correspondas ninguno, porque encienden mi
sangre.
(1795)
No he pasado un día sin amarte, no he pasado una noche sin abrazarte, no he bebido ni una taza de té sin maldecir el orgullo y la ambición que me fuerzan a permanecer lejos del espíritu que mueve mi vida. En medio de mis deberes, ya esté a la cabeza de mi ejército o inspeccionando el campamento, mi querida Josefina se encuentra en solitario en mi corazón, ocupa mi mente, llena mis pensamientos. Si me alejo de ti con la velocidad del torrente del Ródano, sólo es para volver a verte con mayor rapidez. Si me levanto a trabajar en medio de la noche, es porque con ello será posible adelantar en cuestión de días la llegada de mi dulce amor. Sin embargo, en tus cartas del 13 y 16 de marzo, me tratas de vos. ¡Vos también tú!
¡Ah! Desdichada, ¿cómo has podido escribir esa carta? ¡Cómo ha sido posible! Y también están esos cuatro días entre el 23 y el 26. ¿Qué has estado haciendo para que no pudieras escribir a tu marido...? Ah, mi amor, ese vous, esos cuatro días son demasiado por mi anterior indiferencia. ¡Maldita sea la persona responsable! ¡Que como castigo y multa experimente lo que mi convicción y la evidencia (que está a favor de tu amigo) harán que experimente yo! ¡El infierno no tiene tormentos lo suficientemente grandes! ¡Ni las furias tienen suficientes serpientes! Vous! Vous! ¡Ah! ¿Cómo estarán las cosas dentro de dos semanas...? Mi espíritu está triste; mi corazón, encadenado, y estoy aterrorizado por mis fantasías... Me quieres menos, pero superarás la pérdida. Llegará un día que ya no me amarás. Al menos, dímelo, entonces sabré cómo he llegado a merecer semejante infortunio...Adiós, esposa mía, el tormento, la alegría, la esperanza y el espíritu impulsor de mi vida, a la que quiero, a la que temo, la que me llena de tiernos sentimientos que me acercan a la naturaleza, y con violentos impulsos, tan tumultuosos como el trueno. No te pido ni amor eterno, ni fidelidad, sino sencillamente... la verdad, honestidad ilimitada. El día en que me digas “Te quiero menos”, marcará el final de mi amor y el último día de mi vida. Si mi corazón fuera base suficiente para amar sin ser amado a cambio, lo rompería a trozos. ¡Josefina! ¡Josefina! Recuerda lo que te he dicho algunas veces: la naturaleza me ha dotado con un carácter viril y decidido. El tuyo lo ha construido de encaje y delicadeza. ¿Has dejado de amarme? Perdóname, amor de mi vida, mi alma se encuentra desgarrada por fuerzas en conflicto. Mi corazón, obsesionado contigo, está lleno de temores que me postran en la miseria... Estoy afligido de no poder llamarte por tu nombre. Esperaré a que tú lo escribas.
¡Adiós! ¡Ah! Si me amas menos es que nunca me has amado. En ese caso, soy verdaderamente digno de lástima.
P. D.: La guerra ha cambiado tanto este año que
resulta irreconocible. He podido distribuir carne, pan y forraje; mi caballería
armada estará pronto en camino. Mis soldados están demostrando una confianza
indescriptible en mí; sólo tú eres una fuente de disgusto para mí; sólo tú eres
la alegría y el tormento de mi vida. Envío un beso a tus hijos, a los que no
mencionas. ¡Por Dios! Si lo hicieras, tus cartas volverían a ser otra vez la
mitad de largas. Entonces los visitantes a las diez de la mañana no tendrían el
placer de verte. ¡¡¡Mujer!!!
(1796)
Gran Emperatriz, ni una carta de tu parte desde
que saliste de Estrasburgo- Has pasado por Baden, por Stuttgart, por Munich,
sin escribirnos ni una palabra.
¡Esto no es muy admirable ni demasiado tierno!
Yo sigo aún en Brunn. Los rusos se han ido; tengo una tregua. En unos días
decidiré lo que debo hacer.
Dígnese desde lo más alto de vuestra grandeza a
ocuparos un poco de vuestros esclavos.
(1805)
Mi amor, he recibido tu carta del 19 de abril,
de muy mal estilo y gusto, por cierto. Yo sigo siendo el mismo. Personas como
yo no cambian nunca. No sé lo que Eugéne te ha dicho. No te he escrito porque tú
no has escrito, y sólo deseo lo que resulte agradable para ti.
Supe, con gran placer que irás a Malmaison y
que estás contenta. Me hará muy feliz recibir noticias tuyas así como darte
noticias mías. No digo más nada hasta que compares esta carta con la tuya. Te
dejo a ti juzgar quién es mejor o más grande amigo, si tú o yo.
Adiós mi amor, que estés bien y se solamente
para ti y para mí.
(1810)
(Napoleón Bonaparte: “Cartas a Josefina de Beauharnais”)