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martes, 22 de agosto de 2023

Bentley Continental R (2015)

Alicia estaba empezando a aburrirse allí sentada en la orilla junto a su hermana, sin tener nada que hacer; había echado un par de ojeadas al libro que esta leía, pero no tenía dibujos ni diálogos, y «¿para qué puede servir un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.

De modo que estaba deliberando consigo misma (lo mejor posible, porque el día caluroso la hacía sentirse soñolienta y boba), tratando de decidir si el placer de hacer una guirnalda de margaritas justificaba el esfuerzo de ponerse de pie y recoger las flores, cuando de pronto pasó corriendo muy cerca de ella un conejo blanco de ojos rojos.

Eso no tenía nada de demasiado particular, y tampoco le pareció demasiado desacostumbrado a Alicia que el Conejo se dijese:

—¡Ay, ay, ay, que llego tarde!

(Fue sólo mucho después, cuando volvió a pensar en eso, que se le ocurrió que habría debido desconcertarse; en ese momento le pareció bastante natural). Pero cuando el Conejo sacó un reloj del bolsillo del chaleco —nada menos—, lo miró y después apuró el paso, Alicia se puso de pie de un salto porque de golpe se le cruzó por la mente que jamás había visto antes a un conejo con bolsillo de chaleco ni con reloj para sacar de ese bolsillo y, ardiendo de curiosidad, corrió por el campo en su persecución, y llegó justo a tiempo para verlo desaparecer por una gran madriguera que había debajo del cerco.

Un instante después iba Alicia tras de él, sin pensar ni por un momento cómo se las iba a ingeniar para volver a salir.

La madriguera se prolongaba primero en línea recta, como un túnel, y luego se hundía de pronto, tan de pronto que Alicia no había tenido siquiera tiempo de empezar a pensar en detenerse cuando ya se encontró cayendo en lo que parecía ser un pozo muy profundo.

Una de dos, o el pozo era muy profundo o ella caía muy lentamente… porque —mientras caía— tuvo todo el tiempo del mundo para mirar a su alrededor, y para preguntarse qué pasaría después. Primero trató de mirar hacia abajo y de averiguar hacia dónde se dirigía, pero estaba demasiado oscuro para ver nada. Después miró las paredes del pozo y notó que estaban atestadas de armarios y bibliotecas; de tanto en tanto había mapas y cuadros colgados de clavos. Recogió al pasar un tarro de uno de los estantes; la etiqueta decía Mermelada de naranjas pero, para gran desilusión suya, estaba vacío. No quiso dejarlo caer por miedo de matar a alguien allá abajo, así que se las arregló para colocarlo en uno de los armarios que iban desfilando en su caída.

«¡Bueno —pensó Alicia para sus adentros— después de una caída como esta me va a parecer un chiste bajar rodando por las escaleras! ¡Qué valiente voy a parecerles a todos en casa! ¡Más todavía: no haría el menor comentario ni aunque me cayese del techo de la casa!», (lo que no dejaba de ser muy probablemente cierto).

Abajo, abajo, abajo. ¿No iba a terminar nunca esa caída?

—Me pregunto cuántas millas habré caído ya —dijo en voz alta—. Debo de andar cerca del centro de la Tierra. Veamos un poco: eso serían unas cuatro mil millas de profundidad, me parece… (porque, como bien se ve, Alicia había aprendido muchas cosas de este tipo en las clases de la escuela y, aunque no era esa una oportunidad demasiado adecuada para hacer ostentación de sus conocimientos, ya que no había nadie para escucharla, repetir las lecciones no dejaba de ser un ejercicio muy útil)… sí, creo que es esa más o menos la distancia, pero entonces me pregunto a qué latitud o longitud habré llegado… (Alicia no tenía la más remota idea de qué significaban «latitud» y «longitud», pero consideraba que esas palabras sonaban encantadoramente imponentes).

Pronto volvió a empezar:

—¡Me pregunto si no terminaré por traspasar toda la Tierra! ¡Qué cómico sería aparecerme en medio de esa gente que camina de cabeza! Los Antipáticos, o algo así… (se alegró bastante de que no hubiese nadie escuchando esta vez porque esa palabra no le sonaba para nada), pero voy a tener que preguntarles el nombre del país, claro está. Por favor, señora, ¿estamos en Nueva Zelandia o en Australia?, (y trató de hacer una reverencia mientras hablaba… ¡qué les parece, haciendo reverencias mientras uno se está cayendo en el vacío! ¿Ustedes serían capaces?). Y ¡qué nena ignorante les voy a parecer cuando haga esa pregunta! No, me parece que preguntar no es lo más adecuado; en una de esas lo veo escrito en algún sitio.

Abajo, abajo, abajo. No había ninguna otra cosa que hacer, así que Alicia no tardó en ponerse a hablar nuevamente.

—Dinah me va a extrañar mucho esta noche, me parece. (Dinah era la gata). Espero que se acuerden de su platito de leche a la hora del té. ¡Ay, Dinah querida! ¡Ojalá estuvieses aquí abajo conmigo!, me temo que no hay ratones en el aire, pero podrías cazar un murciélago, y los murciélagos se parecen mucho a los ratones ¿sabías? Pero no estoy tan segura de que los gatos coman murciélagos.

Aquí Alicia empezó a adormilarse un poco y siguió diciéndose como entre sueños:

—¿Comen murciélagos los gatos? ¿Comen murciélagos los gatos?

Y a veces:

—¿Comen gatos los murciélagos?

Porque, ¿saben?, como no podía responder a ninguna de las dos preguntas, no importaba demasiado el modo en que las formulase.

Tuvo la sensación de que se estaba adormeciendo y apenas había empezado a soñar que estaba caminando de la mano con Dinah y preguntándole con gran ansiedad: «Quiero que me digas la verdad, Dinah, ¿te comiste alguna vez un murciélago?», cuando de pronto, ¡pof!, ¡pof!, aterrizó en un montón de ramas y hojas secas y terminó la caída.

 

(Lewis Carroll: “Alicia en el país de las maravillas” 1865)

martes, 6 de junio de 2023

Bentley Continental R (1955)

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo.
Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia.
Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. «Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.» José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra.
Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa», replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo xv con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer. 

En marzo volvieron los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de Amsterdam. Sentaron una gitana en un extremo de la aldea e instalaron el catalejo a la entrada de la carpa. 
Mediante el pago de cinco reales, la gente se asomaba al catalejo y veía a la gitana al alcance de su mano. «La ciencia ha eliminado las distancias», pregonaba Melquíades. «Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa.» 
Un mediodía ardiente, hicieron una asombrosa demostración con la lupa gigantesca: pusieron un montón de hierba seca en mitad de la calle y le prendieron fuego mediante la concentración de los rayos solares. José Arcadio Buendía, que aún no acababa de consolarse por el fracaso de sus imanes, concibió la idea de utilizar aquel invento como un arma de guerra. Melquíades, otra vez, trató de disuadirlo. Pero terminó por aceptar los lingotes imantados y tres piezas de dinero colonial a cambio de la lupa.
Úrsula lloró de consternación. Aquel dinero formaba parte de un cofre de monedas de oro que su padre había acumulado en toda una vida de privaciones, y que ella había enterrado debajo de la cama en espera de una buena ocasión para invertirlas. José Arcadio Buendía no trató siquiera de consolarla, entregado por entero a sus experimentos tácticos con la abnegación de un científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los efectos de la lupa en la tropa enemiga, se expuso él mismo a la concentración de los rayos solares y sufrió quemaduras que se convirtieron en úlceras y tardaron mucho tiempo en sanar. Ante las protestas de su mujer, alarmada por tan peligrosa inventiva, estuvo a punto de incendiar la casa.
Pasaba largas horas en su cuarto, haciendo cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su arma novedosa, hasta que logró componer un manual de una asombrosa claridad didáctica y un poder de convicción irresistible. Lo envió a las autoridades acompañado de numerosos testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos de dibujos explicativos, al cuidado de un mensajero que atravesó la sierra, se extravió en pantanos desmesurados, remontó ríos tormentosos y estuvo a punto de perecer bajo el azote de las fieras, la desesperación y la peste, antes de conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo. A pesar de que el viaje a la capital era en aquel tiempo poco menos que imposible, José Arcadio Buendía prometía intentarlo tan pronto como se lo ordenara el gobierno, con el fin de hacer demostraciones prácticas de su invento ante los poderes militares, y adiestrarlos personalmente en las complicadas artes de la guerra solar.
Durante varios años esperó la respuesta. Por último, cansado de esperar, se lamentó ante Melquíades del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una prueba convincente de honradez: le devolvió los doblones a cambio de la lupa, y le dejó además unos mapas portugueses y varios instrumentos de navegación. De su puño y letra escribió una apretada síntesis de los estudios del monje Hermann, que dejó a su disposición para que pudiera servirse del astrolabio, la brújula y el sextante. José Arcadio Buendía pasó los largos meses de lluvia encerrado en un cuartito que construyó en el fondo de la casa para que nadie perturbara sus experimentos. Habiendo abandonado por completo las obligaciones domésticas, permaneció noches enteras en el patio vigilando el curso de los astros, y estuvo a punto de contraer una insolación por tratar de establecer un método exacto para encontrar el mediodía.
Cuando se hizo experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete. Fue esa la época en que adquirió el hábito de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena. De pronto, sin ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue sustituida por una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado, repitiéndose a sí mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas, sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su tormento. Los niños habían de recordar el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento:

-La tierra es redonda como una naranja.


(Gabriel García Márquez: "100 años de soledad" 1967)

viernes, 11 de noviembre de 2011

Bentley EXP Speed 8 (2001)

¿Qué mejor que una marca clásica para una competencia clásica? La conjunción de ambas, hace que el público se acerque en masa para ver esa comunión, y las fábricas toman esa situación como una oportunidad de posicionarse en la mente de los posibles clientes. Así fue como una marca legendaria pensó en volver a las 24 horas de Le Mans, luego de 50 años, para reverdecer los laureles del triunfo. El proyecto no era lo más factible del mundo, por eso la gente se estremeció de emoción al ver en el circuito de La Sarthe al Bentley EXP Speed 8 de 2001. A emocionarse...

En los primeros años de la competencia, Bentley era sinónimo de Le Mans. En la primera edición de 1923, el Bentley 3 Litros de Duff y Clement se quedaron con el récord de vuelta y culminaron en la cuarta posición. Pero al año siguiente la misma dupla, consigue la primera victoria de la marca, en la pista francesa. En 1927 son los pilotos Benjafield y Davis vuelven a llevar a lo más alto al 3 Litros. Un año después, Wolf Barnato y Rubin son los vencedores, pero con un Bentley 4.4 Litros. En 1929, otra vez Barnato, pero en compañía de Birkin, cruza la meta primero con un Bentley 6.5 Litros. En 1930, por tercera vez consecutiva, Wolf gana, pero acompañado de Birkin con el mismo 6.5 Litros. Y ese mismo año, Barnato que era presidente de Bentley Motors Limited, le gana al Blue Train.

Luego de estos éxitos, la escudería se disuelve, dejando los autos en manos privadas que siguen participando hasta 1933 pero sin mucha trascendencia. Hasta el reinicio de la competencia, luego de la 2 Guerra no hay noticias de la marca en suelo francés. En 1949, un viejo Corniche de 1939 llega en sexto lugar y al año siguiente un TT de 1934 arriba en el octavo puesto. Y en 1951, se produce la última participación en el siglo XX de la empresa británica, cuando un viejo modelo culmina en un muy deslucido puesto 22. Habría que esperar exactamente medio siglo, para ver un auto de la empresa fundada por Walter Owen Bentley, llegar al circuito de La Sarthe.

La 69ª edición de Le Mans presentaba varias incógnitas. Por el lado de los prototipos, la lógica decía que Audi conseguiría su segundo triunfo consecutivo gracias al R8, Cadillac quería revertir la imagen dada en el 2000, Chrysler daba ventajas con su LMP. También estaban los Panoz LMP07, los Dome con motor Judd, los Courage, MG que se presentaba en la divisional menor y Bentley que llegaba con lo justo. El sábado 16 de junio, a las 16 Hs como dicta la tradición y bajo un cielo amenazante, Ferdinand Piech dio la largada de la competencia. Aiello con el Audi marcador de la pole, picó en punta seguido por el Dome de Lammers, el Chrysler de Beretta y el Bentley de Brundle.

A las pocas vueltas, comenzó a llover y esto provocó un sinfín de trompos y accidentes que dejó a varios autos al costado del camino. Lammers debió entrar a boxes en la primera hora para reparar la trompa de su Dome. Brundle tomó la punta, pero enseguida fue superado por el Audi de Biela. También el Panoz, que en un momento había llegado a la punta, debió entrar a los pits por haber perdido una rueda. A todo esto los MG se mostraban veloces circulando en la cuarta posición. Pasada las 19 Hs, la lluvia se hizo más intensa y debió entrar el pace car, ya que no se podía circular a velocidad de carrera. Comenzada la noche, el cielo dio tregua y los autos, ya con ruedas slick, empezaron, a marcar una lógica. Primero estaba el Audi de Kristensen, segundo su compañero Capello y tercero el Bentley número 7 de Smith, quien poco iba a disfrutar de esto ya que debió abandonar, al prenderse fuego la unidad, quedando tercero el Audi de Herbert.

A media noche, el Audi número 2 debía cambiar el tren trasero completo, tarea que al equipo le llevo menos de 6 minutos!!!!! Adelante seguía el Audi de Biela, seguido de su compañero Pescatori y tercero se ubicaba el Bentley número 8 de Wallace. Pasado el mediodia, el líder se detiene para cambiar la caja, y los muchachos demostraron estar más que entrenados, ya que tardaron un poco más de 5 minutos, devolviendo la unidad al primer puesto en la pista. Un par de horas antes de la finalización debio entrar una vez más el auto de seguridad por un nuevo aguacero. Cuando todo parecía definido, al Bentley número 8 se le impuso un pase y siga de 4 minutos por no respetar las banderas amarillas, lo que hizo peligrar el último escalón del podio, pero la diferencia era cómoda con respecto al Chrysler Nº 16 y pudo conservar el tercer puesto.

Así fue como después de medio siglo la casa británica volvió a participar en Le Mans, obteniendo un honroso tercer puesto de la mano del Bentley Numero 8, conducido por  Wallace, Leitzinger y Van de Poele

Les dejo un video y fotos de la réplica perteneciente al número 49 de la colección “100 años de Sport Automóvil” editorial Altaya, edición Argentina.

Saludos y buen fin de semana!!!!!

jueves, 9 de diciembre de 2010

Bentley Speed Six (1930)


Los invito a viajar en el tiempo, a la primavera de 1930. Ubíquense en una cena de la alta sociedad francesa, música fosse, cigarros y una conversación que se torna hacia los avances del automóvil.
Un invitado realza las aptitudes de los trenes diciendo que nunca un automóvil iba a suplantarlo. Como ejemplo elige al tren azul que recorría a Francia, desde Cannes a Calais, en un tiempo cercano a las 22 horas para recorrer los más de mil kilómetros que separaban las dos ciudades portuarias.

Pero, en la cena también se encontraba Wolf Barnato, presidente de la Bentley Motors, que no solo decía que podía cubrir esa distancia en menos tiempo, sino que cruzaría el Canal de la Mancha y llegaría a Londres, antes que el tren se detenga en Calais. El reto estaba hecho y la apuesta era de 200 libras esterlinas.

Para tal empresa eligió el Speed Six que contaba con un motor de 6 cilindros, 24 válvulas, 6.597 CC, con doble encendido que entregaba una potencia de 160/180 CV, alcanzando los 160 km/h. En esta ocasión optó por una coupé carrozada por Gurney Nutting.

Para poder ganar la apuesta, junto a su copiloto Dale Bourne, idearon una hoja de ruta, como si se tratase de una carrera de le mans, analizando cada kilómetro y señalando los lugares donde los debían esperar distintos equipos para reabastecerse.

La largada fue en simultáneo a las 17:45 y en los primeros kilómetros encontraron una fuerte tormenta que no los dejaba desarrollar toda la potencia del Bentley de más de dos toneladas, pero a medida que anochecía, la lluvia iba dejando paso para que Barnato aplique toda su capacidad para atravesar a Francia como un rayo. En Auxerre hicieron el primer repostaje, aunque perdieron tiempo en ubicar al equipo que los esperaba y cuando estaban por entrar a París, el primer inconveniente: un pinchazo.

Al amanecer, con el dia despejado y las carreteras vacías, el Bentley comía kilómetros. Así pasaron por Compiégne, Arras y a las 10:30 entraron al puerto de Calais, embarcando en el buque que los depositó en el puerto ingles de Dover. Solo les restaban los 130 km hasta Londres.

Cada kilómetro, los debían hacer sin perder un minuto y así lo hicieron. A las 15:20 detuvieron su marcha en el punto de llegada, que era en el frente de club londinense situado en St. James Street. Cuatro minutos más tarde, el tren azul entraba a la estación de Calais. El auto fue más rápido, Barnato ganó las 200 libras y el Bentley se apoderó del nombre: Blue Train.

Les dejó junto a las reproducciones del auto original, las fotos de la réplica que pertenece al número 8 de la colección “Los más bellos Coches de época”, editorial Altaya, edición Argentina.

Saludos y será hasta el próximo encuentro.


Un clásico devorando litros....

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