viernes, 9 de febrero de 2024

Triumph Stag Mark I (1971)

En 1815, era obispo de D. el ilustrísimo Carlos Francisco Bienvenido Myriel, un anciano de unos setenta y cinco años, que ocupaba esa sede desde 1806. Quizás no será inútil indicar aquí los rumores y las habladurías que habían circulado acerca de su persona cuando llegó por primera vez a su diócesis.

Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida, como lo que hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del Parlamento de Aix, nobleza de toga. Se decía que su padre, pensando que heredara su puesto, lo había casado muy joven. Se decía que Carlos Myriel, no obstante este matrimonio, había dado mucho que hablar. Era de buena presencia, aunque de estatura pequeña, elegante, inteligente; y se decía que toda la primera parte de su vida la habían ocupado el mundo y la galantería.

Sobrevino la Revolución; se precipitaron los sucesos; las familias ligadas al antiguo régimen, perseguidas, acosadas, se dispersaron, y Carlos Myriel emigró a Italia. Su mujer murió allí de tisis. No habían tenido hijos. ¿Qué pasó después en los destinos del señor Myriel?

El hundimiento de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, ¿hicieron germinar tal vez en su alma ideas de retiro y de soledad? Nadie hubiera podido decirlo; sólo se sabía que a su vuelta de Italia era sacerdote.

En 1804 el señor Myriel se desempeñaba como cura de Brignolles. Era ya anciano y vivía en un profundo retiro.

Hacia la época de la coronación de Napoleón, un asunto de su parroquia lo llevó a París; y entre otras personas poderosas cuyo amparo fue a solicitar en favor de sus feligreses, visitó al cardenal Fesch. Un día en que el Emperador fue también a visitarlo, el digno cura que esperaba en la antesala se halló al paso de Su Majestad Imperial. Napoleón, notando la curiosidad con que aquel anciano lo miraba, se volvió, y dijo bruscamente: ¿Quién es ese buen hombre que me mira?

Majestad -dijo el señor Myriel-, vos miráis a un buen hombre y yo miro a un gran hombre. Cada uno de nosotros puede beneficiarse de lo que mira.

Esa misma noche el Emperador pidió al cardenal el nombre de aquel cura y algún tiempo después el señor Myriel quedó sorprendido al saber que había sido nombrado obispo de D.

Llegó a D. acompañado de su hermana, la señorita Baptistina, diez años menor que él. Por toda servidumbre tenían a la señora Maglóire, una criada de la misma edad de la hermana del obispo.

La señorita Baptistina era alta, pálida, delgada, de modales muy suaves. Nunca había sido bonita, pero al envejecer adquirió lo que se podría llamar la belleza de la bondad. Irradiaba una transparencia a través de la cual se veía, no a la mujer, sino al ángel.

La señora Magloire era una viejecilla blanca, gorda, siempre afanada y siempre sofocada, tanto a causa de su actividad como de su asma.

A su llegada instalaron al señor Myriel en su palacio episcopal, con todos los honores dispuestos por los decretos imperiales, que clasificaban al obispo inmediatamente después del mariscal de campo.

Terminada la instalación, la población aguardó a ver cómo se conducía su obispo.

El palacio episcopal de D. estaba contiguo al hospital, y era un vasto y hermoso edificio construido en piedra a principios del último siglo. Todo en él respiraba cierto aire de grandeza: las habitaciones del obispo, los salones, las habitaciones interiores, el patio de honor muy amplio con galerías de arcos según la antigua costumbre florentina, los jardines plantados de magníficos árboles.

El hospital era una casa estrecha y baja, de dos pisos, con un pequeño jardín atrás.

Tres días después de su llegada, el obispo visitó el hospital. Terminada la visita, le pidió al director que tuviera a bien acompañarlo a su palacio.

-Señor director -le dijo una vez llegados allí-: ¿cuántos enfermos tenéis en este momento?

-Veintiséis, monseñor.

-Son los que había contado -dijo el obispo.

-Las camas -replicó el director- están muy próximas las unas a las otras.

-Lo había notado.

-Las salas, más que salas, son celdas, y el aire en ellas se renueva difícilmente.

-Me había parecido lo mismo.

-Y luego, cuando un rayo de sol penetra en el edificio, el jardín es muy pequeño para los convalecientes.

También me lo había figurado.

-En tiempo de epidemia, este año hemos tenido el tifus, se juntan tantos enfermos; más de ciento, que no sabemos qué hacer.

-Ya se me había ocurrido esa idea.

-¡Qué queréis, monseñor! -dijo el director-: es menester resignarse.

Esta conversación se mantenía en el comedor del piso bajo.


(Víctor Hugo: "Los Miserables" 1862)

domingo, 4 de febrero de 2024

Museo del Automóvil de la Ciudad de Buenos Aires (2011)

En Argentina tenemos un nuevo “héroe” de la historia del automóvil. Así lo define la FIVA (Fédération Internationale des Véhicules Anciens) a Luis Spadafora, el creador del Museo del Automóvil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y por eso este año se unirá al “Salón de la Fama” para celebrar tanto a figuras mundialmente famosas como a héroes anónimos en la historia del automóvil.

-¿Cómo arrancó tu pasión por los autos, micros, y demás?

Comenzó desde muy chiquito en el barrio, los autos me vinieron a buscar. Es que Caballito en la década del 50 y 60 era una cuna de campeones y ases del volante. Vivían por la zona distintos pilotos como Juan Carlos Navone, Juan y Oscar Gálvez, Ernesto Petrini, entre otros. Y yo me movía en ese recorrido de carburistas y gomerías; en el barrio se respiraba automovilismo. Con 10 años iba los sábados a la noche a Ferro a ver carreras de Speedway (motos de 500cc) y midget, que se corrían en la pista de atletismo. Todavía puedo recordar el aroma de la mezcla de combustible. Me acercaba con amigos, y hasta habíamos hecho una bandera. Cuando terminaba la carrera, me metía y así pude sacarme varias fotos en los midgets, fotos que hoy están también en el museo.

-¿Y cómo llegás a crear el Museo del Automóvil en Buenos Aires?

Viajando por distintas partes del mundo visitando otros museos, siempre pensaba cómo podía ser que Argentina no tuviese uno en la Ciudad de Buenos Aires. El edificio del ACA es muy bonito, y tiene piezas importantes, pero no abre ni sábados ni domingos, y lo hace en un horario restringido; otro gran museo se encuentra en Balcarce a casi cinco horas de la Ciudad. Así fue que con grupo de amigos nos pusimos el objetivo de hacer el primer Museo del Automovilismo en la Ciudad de Buenos Aires, y si bien tardó muchísimo en hacerse realidad, acá estamos.








-¿Hay algún automóvil del museo que sea tu favorito, que signifique algo especial?

No es el auto más valioso pero significa mucho para mí, y es una Coupé Ford 1942: mi primer auto. La historia es así: trabajaba en una fábrica de faros y rompenieblas donde conocí a mi novia, quien luego sería mi esposa. Un día salí como cualquier otro en el Rastrojero a buscar repuestos y me la crucé a ella: la coupé original, recién pintada, y me enamoré. Tenía un camión de otra época que fui camionero, agarré los ahorros que habíamos juntado con mi novia para comprar un departamento, y entregué eso más el camión a cambio de la coupé. A la noche pasé a buscar a mi novia con el auto y le dije “mirá el negocio que acabamos de hacer”. A partir de ahí mi señora tomó conciencia que no soy un tipo normal. Hoy la coupé está en el piso superior del museo.

Ojo, todos los autos que tenemos tienen una historia, nunca compré un auto y fue a parar directo a la colección, sino que todo es rescatado, incluso muchos autos fueron casi chatarra. Mi misión es esa, rescatar autos, y así conseguí ser el primer argentino reconocido por FIVA.



-La última novedad fueron los coches del Subte A, ¿Cuál es la próxima, qué tenes en mente?

Cuando nos enteramos que los coches del Subte A salían de circulación hicimos todos los trámites, y cuatro años después los tuvimos. Puse unos rieles en el empedrado del museo, y “parece vivo”, a pesar de que me decían que no, lo pudimos hacer andar. En cuanto a lo que viene, estamos construyendo un food truck con base de un bus de dos pisos, para que la gente que viene al museo pueda tomarse un café o comer algo.



-Algo que quieras agregar…

Todo lo que hay en la fundación es generado por un grupo de amigos que siempre participó, todo se fue logrando con trabajo y con mérito. Y mi hija Gisella es la continuadora de todo esto. Ella se ocupa de las relaciones públicas, de visitas guiadas, sin ella, no existiría el museo. Todos los sueños se logran trabajando, y el museo no es la excepción, siempre habrá piedras en el camino que no te dejan progresar, pero con una constante lucha y sin bajar los brazos, podés hacer todo lo que te propongas.

(Sebastián Saavedra para Optimism 2022)











Un clásico devorando litros....

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